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Nos encontramos en el año 129, en el apogeo del poder de la casa Targaryen. Los Targaryen son numerosos al igual que sus dragones lo cual ha provocado que su hegemonía no tenga discusión por parte de las casas inferiores, no obstante, ese mismo poder puede hacer que la casa reinante se devore a si misma, o eso es lo que los rumores dicen. Las demás casas luchan por conseguir el favor de la casa real, algunas con mayor éxito que otras. Sin duda la casa que más ha logrado trepar ha sido la casa Hightower quien ha hundido sus colmillos fuertemente en la corte del rey y no parece dispuesta a aflojar, algo que molesta bastante a los Velaryon, la otra rama de la familia real, los cuales también arañan por tratar de llegar a la cima después de que el trono les fuera arrebatado en el concilio del año 101. Estas luchas se han intensificado recientemente ya que el rey Viserys está enfermo y cada vez más débil, se dice que no vivirá mucho más lo cual ha creado un ambiente tenso en los seis reinos que conforman el trono de hierro. El gran temor es que la unificación realizada por Aegon el conquistador sea destejida por sus descendientes y que Poniente arda. Dorne permanece independiente e inconquistable, hazaña de la que todos los dornienses se sienten orgullosos, especialmente los Uller los cuales derribaron a Meraxes tiempo atrás.

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Así que, este es el Oceano. - Linys Daer.

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Así que, este es el Oceano. - Linys Daer.

Mensaje por Sylvi el Lun Jul 25, 2016 7:29 am

Un día antes del Primer Torneo.


 

Tres días habían pasado desde que había llegado desde Invernalia a Desembarco del Rey con la comitiva de Lord Stark. Y desde que había llegado, en su ignorancia y curiosidad, Sylvi no había dejado de pensar en el nombre de la ciudad en la que la Realeza del Poniente se ocultaba. Aquel día, luego de un temprano desayuno, se aseguro de no tener ningún trabajo sin realizar; decidida a encontrar la costa y ver con sus propios ojos el gran océano. Desde que había llegado había escuchado cosas de "Desembarco", y quizás en un error ingenuo e infantil, decidió creerse que era cierto que todo se debía a que el lugar estaba abierto a los múltiples mares y que enormes barcos llegaban a descargar lo que sea que transportasen. Su mente tenía solo la imagen de la pequeña ciudad pesquera que existía más allá del muro, esa zona amurallada con leña de árboles caídos, que daba a una playa nevada y lodosa, de agua fría y casi congelada. Si bien, la mujer había estado solo una vez allí, en toda su vida, era difícil de olvidar.

Aún recordaba el fuerte color café de la madera siempre húmeda, pero fuerte. Recordaba las bajas pero grandes construcciones que albergaban a dos o tres clanes juntos a la vez. Todos apretados, pero en su propia actividad, formaban grupos pequeños al rededor de pequeñas pero potentes hogueras, que a veces calentaban toda una noche. Recordaba también que era cosa de suerte pescar algo en esas aguas gélidas, a veces los hombres incluso, esperaban días y horas en esas aguas congeladas. Algunos de sueño perecían y salpicaban el agua como grandes figuras humanas esculpidas en hielo. Sí, desde que había llegado, definitivamente, se había propuesto conocer la costa y su embarcadero. Quería ver grandes botes, y ansiaba comprobar que era verdad que el mar se ampliaba hacia el horizonte, allí por donde se ocultaba el sol.

Mientras caminaba, y avanzaba, Sylvi se arriesgo a preguntar como llegar a su destino una sola vez, y solo con esa información y lo que pudo retener de ella dejo que sus pies la llevaran, mientras miraba un millar de rostros y caras. Paso a paso, se dejaba encantar por las altas construcciones que jamás pensó en llegar a ver. El solo ver a lo lejos la Fortaleza Roja, ese castillo, era algo que aún no podía creer, sin importar que lo hubiese visto desde que había llegado. No dejaba, nunca jamás de ser algo maravilloso ante sus ojos. Le sorprendía entender que la construcción era más alta y ancha que un gigante, y ciertamente más hermosa y llamativa que la muralla que divide todo en las tierras invernales. Sin ser completamente de todo ello, mientras pensaba para sus adentros, la rubia se detuvo mientras que el viento traía a su persona algo que destacaba por sobre los colores, la arquitectura y los murmullos de la gente que iba y venía en todas direcciones.

Mientras respiraba hondo el olor a humedad y sal, llegó hasta ella. Sus ojos se movieron, incontrolables, buscando hacia donde ir. Guiada solo por aquel nuevo aroma, se movió más rápido entre el gentío. Aquel aroma se había quedado no solo en su nariz, si no también en su lengua. Casi pudiendo saborear la sal en ella. Era impresionante e indescriptible, pero más espectacular fue cuando la brisa no solo golpeo uno de sus sentidos, si no que su rostro. Frente a ella un sin número de barcos mercantes, grandes e imponentes se exhibía. Hombres subía y bajaban de sus planchas descargando y cargando cajas, jarrones, e incluso animales. La rubia, con su mejor rostro, se camufló entre la gente mientras no perdía detalles de lo que registraran; todo, absolutamente todo le parecía digno de grabar en su memoria.
 
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Re: Así que, este es el Oceano. - Linys Daer.

Mensaje por Linys Daer el Mar Jul 26, 2016 3:56 am

'Aún me cuesta creer que no extrañes Braavos... o a aquellos que conocimos en el pasado, o aunque sea a alguno de los lugares que conocimos y recorrimos en todo este tiempo' -le dije nostálgica a Nadie; a pesar de los años juntas (que ya eran muchos, por cierto) todavía me costaba pensar en la indiferencia que los recuerdos le generaban, o lo poco que la gente en sí le importaba en esta existencia sin ataduras de ningún tipo, sin memoria más que para saber los nexos que conectaban a las personas, o el cuándo matar o a quién, cómo atacar o qué veneno es el mejor, con los oídos y el corazón dispuestos sólo para escuchar al Dios, a sus órdenes y deseos, sin lealtades, sin amor e incluso hasta sin odio. 'Si me dedicase a extrañar, terminaría sentada sobre un tocón en el camino y no avanzaríamos nunca, y lo sabes. No es mi destino atarme y, aunque te pese, por lo tanto tampoco es el tuyo' -me contestó Nadie.

'Sé que lo más importante es el Dios y sus designios y entiendo que no es conveniente forjar lazos pero... ¿nunca extrañar siquiera? Es un destino casi demasiado duro, casi cruel, incluso para ti. No me importa que estés hecha de las mismas rocas que conforman los cimientos de la Casa de Blanco y Negro, me da igual, es DEMASIADO injusto' -le dije y me respondió: '¿Para qué voy a extrañar yo si ya te tengo a ti que lo haces por ambas?' -con tono de voz distante y desapasionado; la Sin Rostros no tenía ojos para nada que no fuese su misión, y no le dolía que así fuera- 'contra menos ataduras tengamos más fácil será cumplir con los pedidos del Dios ¿o crees que podrías matar al hombre que amas si se diera el caso y no destruirte en el proceso por ello mientras lo haces?. ¿Acaso no terminaste con el corazón roto cuando tuvimos que matar a Padre? ¿Acaso no temías que alguien dijese el nombre del pirata y tuviésemos que aniquilarlo? ¿Cuántas noches has perdido el sueño por esa razón? ¿Cuántas pesadillas te hubieses ahorrado si no te hubieses enamorado? No hay final feliz para quienes somos Hijos del Dios, así como tampoco hay nombres permanentes, ni rostros constantes que veamos cada mañana al despertar. Tenemos un destino de piedra y camino, ya tendrías que haberlo aprendido hace años, ya tendrías que habértelo metido en la cabeza aunque más no fuere cuando llegó el momento y nos convirtieron en sacerdotisas: el mismo día que el color de nuestra ropa se invirtió terminó de quedar sellado nuestro sino y no me lamento de que así haya sido, por lo cual tampoco deberías hacerlo tú. No me compadezcas, compadécete a ti misma si eso te satisface, a ti que no puedes mirar el mar sin pensar en otros lugares, que no puedes otear el horizonte sin que el corazón se te parta esperando la llegada del barco que jamás habrá de venir a buscarte, que añoras los brazos del hombre cuando llega la noche o que buscas -con la misma ansiedad que anhela el sediento un vaso de agua- la calma que produce en tus entrañas ver sus ojos; compadécete a ti misma, pero nunca, jamás, vuelvas a sentir lástima por mi, porque soy el ave que vuela libre en el cielo con las alas que el Dios le dio´

Sentí la voz de Nadie recorrer mi mente, dura, firme, certera, siempre igual: decidida, confiada, satisfecha en la certeza de su propia fuerza y la convicción de que el Dios la acompaña siempre y de que seguir su camino es lo importante por encima de todo; sentí su voz, como otras tantas veces, repitiéndome aquello y volví a preguntarme por qué yo no podía ser igual: no es que no crea en la importancia de la misión, pero simplemente no puedo vivir sin ataduras, no lo he podido hacer antes y aún sigo sin poder hacerlo.

Reconocí como siempre la verdad en sus palabras y, también como siempre, una puñalada de dolor atravesó mi pecho: habían pasado muchos años desde aquel día en el que conocí al Pirata Lannister y, sin embargo, aún seguía suspirando por sus labios, esperando el momento en que volviésemos a encontrarnos...  '¿Lo veré en el baile?' -pensé otra vez, como cada vez que pensaba en la inauguración del torneo y en la posibilidad de que estuviera presente como parte de sus obligaciones- 'Y... ¿me reconocerá si vuelve a verme?. Si me ha amado realmente tendría que poder hacerlo, aún con otro rostro, los ojos nunca cambian, o bueno, no cuando estoy con él'; pero no había forma de saberlo y Nadie no iba a colaborar en eso.

'Aún hay esperanzas, Linys' -me decía Niña todas las veces cuando me escuchaba pensar en si ocurriría o no- 'Todavía no te des por vencida, no hasta que pase el momento, no hasta que ocurra', y yo trataba de recordar sus palabras para contrarrestar el efecto que las palabras de Nadie tenían en mi ánimo.

Esa tarde había logrado infiltrarme entre las líneas de guardia que custodiaban la muralla de Desembarco y que cerraban el puerto. El mar parecía más verde que de costumbre y nuestros ojos brillaban con el reflejo del mar y del cielo, fundidos como si fueran uno, besándose en el esplendor de un día tal como yo quería hacer con el pirata.

Habían pasado muchos años desde el momento que lo conocí y muchos más desde la última vez que lo había visto, imponente, memorable a mis ojos de niña, parado en su barco mirando el horizonte, buscándome. Pensé en esa época que volver al Templo tras matar a Padre iba a arrancarme la necesidad de él, o que el frío del Norte iba a calmar la sed de él que tenía mi espíritu, pero los años habían pasado y mi alma seguía buscando su vela en los confines del mundo, esperando el día que el León reaparezca en mi vida, que me secuestre de mi destino de piedra y camino, que me marque a fuego con su boca el alma y me arrastre a ser parte de él como nunca antes, como nunca fue. Sin embargo, los años pasaban y los ojos de la niña que era se convirtieron en los de la mujer que soy y, aunque conserve la esperanza, soy realista con el hecho de que tal vez la próxima vez que lo vea sea cuando alguien pronuncie su nombre y Nadie nos lleve ante él, y sus ojos nos miren justo un instante antes de morir... y mi alma muera con él, una vez más, sólo que esta vez de forma irremediable... 'Cuando el momento llegue, no vas a morir. Si no moriste por Padre, no vas a morir por él. No te olvides que parte de vos soy yo y parte de mi eres tú, y mi parte no va a quebrarse por él. No lo hizo entonces y no lo hará ahora' -me recordó Nadie.

Nunca supe si Nadie hablaba con las demás tanto conmigo, o el por qué. Tal vez tuviera que ver con el hecho de que fui de las primeras, o que compartí con ella muchas de las cosas que han pasado, o que ella sabe que es mi fuerza y yo los sentimientos que ella niega. Sin embargo, así como a veces me fastidiaba saber que ella me despreciaba por haberme enamorado o por mis sentimientos, o por mi fragilidad aparente, también me alegraba saber que ella estaba a mi lado siempre, que podía confiar en su entereza, que su voluntad sería mi salvación cuando llegara el momento.

'Porque vos sos yo y yo soy vos' -le dije, mientras miraba cómo el horizonte se teñía con la esperanza de las nubes que iban a visitar al Sol.

Y sentí el viento en mi rostro, como la caricia del Dios que siempre abraza a quienes lo siguen, como la mano de una madre que besa con caricias el espíritu de su hija, y me sentí feliz. 'Tal vez... solo tal vez...' -me dije una vez más.
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