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Nos encontramos en el año 129, en el apogeo del poder de la casa Targaryen. Los Targaryen son numerosos al igual que sus dragones lo cual ha provocado que su hegemonía no tenga discusión por parte de las casas inferiores, no obstante, ese mismo poder puede hacer que la casa reinante se devore a si misma, o eso es lo que los rumores dicen. Las demás casas luchan por conseguir el favor de la casa real, algunas con mayor éxito que otras. Sin duda la casa que más ha logrado trepar ha sido la casa Hightower quien ha hundido sus colmillos fuertemente en la corte del rey y no parece dispuesta a aflojar, algo que molesta bastante a los Velaryon, la otra rama de la familia real, los cuales también arañan por tratar de llegar a la cima después de que el trono les fuera arrebatado en el concilio del año 101. Estas luchas se han intensificado recientemente ya que el rey Viserys está enfermo y cada vez más débil, se dice que no vivirá mucho más lo cual ha creado un ambiente tenso en los seis reinos que conforman el trono de hierro. El gran temor es que la unificación realizada por Aegon el conquistador sea destejida por sus descendientes y que Poniente arda. Dorne permanece independiente e inconquistable, hazaña de la que todos los dornienses se sienten orgullosos, especialmente los Uller los cuales derribaron a Meraxes tiempo atrás.

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Cuestión de Norte y lealtad ⚔ FB ⚔ Cregan Stark ⚔

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Cuestión de Norte y lealtad ⚔ FB ⚔ Cregan Stark ⚔

Mensaje por Sylvi el Lun Jul 25, 2016 2:00 am


Arqueé una ceja a la vez que emitía un leve resoplido por mi nariz al escuchar una broma obsena, entre todos los que estaban sentados al rededor de la pequeña fogata que habíamos armado junto a la puerta del servicio. Criados, criadas y algunos soldados. El herrero, el panadero y algunas prostitutas estaban allí también. Junto a nosotros había hidromiel y unas pocas copas, que pasaban de mano en mano, cada uno robando sorbos antes de pasar la copa a quién estaba a nuestra derecha. A mi derecha se encontraba una de las chicas de la cocina, y junto a esta un muchacho que trabajaba conmigo en el establo.

Sobre el fuego descansaba una gran olla con estofado y algo de pan duro que había sobrado al panadero del lugar. Mis labios besaron la copa cuando llegó a mis manos, el líquido estaba tibio, pero su dulzura era más palpable de este modo. Aún no me acostumbraba a los licores del Sur; nosotros no gozábamos de nada parecido en lo que acá era llamado "más allá del muro"; mis ojos estaban vendiendo mi alma a las llamas que lamían la base del grueso caldero. Mi zurda soltó la flecha que había estado afilando y la dejo a mis pies junto a las demás. Miré por unos segundos la madera que ahora era ceniza refulgiente, alimentando el abrazador calor. Nunca me habían gustado esas pequeñas reuniones del pueblo, solo asistía a ellas los días previos a la cacería, actividad a la que siempre me sumaba. Era una buena manera de honrar los antiguos modos de vida. Mi vida.

Miré a mi derecha cuando una nueva broma estalló en risas y carcajadas a mis expensas. Miré a mi izquierda, a uno de los cazadores, y sin desviar mi rostro del suyo, mi diestra pasaba la copa; luego encaje esa misma misma mano en el rostro que estaba a pocos centímetros del mío, gracias a su estado de ebriedad; el hombre perdió su precario equilibrio y call sobre la tierra fría, dura y congelada
-Débil sureño.- bufé a la par que las carcajadas volvían, mientras yo recogía la piedra con la que había estado afilando mis flechas; cogiendo una nueva flecha y afilando su punta en silencio, regresando mi mirada al fuego que tanto me había estado atormentando en aquellos últimos meses. Aquella mañana el mismo sueño que se me había presentado antes de la visita del Príncipe Aegon, había vuelto a suceder. Nuevamente había visto al dragón y había sentido el calor de un fuego imaginario como si fuese real. Asfixiante, peligroso. Casi tan ardiente como la pequeña hoguera que calentaba la comida.

¿Que debía hacer? Había discutido las cosas con el protagonista de mi visión, ¿pero que pasaba con los demás? ¿Debía informarle a alguien más?, ¿A Invernalia?, ¿debía advertirles? No estaba en mi interés involucrarme en cosas de sureños; mi meta era sobrevivir... y gracias a esta... visión, no dejaba de sentirme amenazada. Le temía a esas bestias, le temía a todas y cada una de ellas, suspire agotada, posando mis ojos en la punta de la flecha mientras acariciaba la piedra. Si me concentraba, podía oí el sonido que se producía entre ambos objetos. Estaba absorta, debatiéndome entre el hablar y el no hacerlo; no sabía que hacer, aún. Cuando la copa regresó a mí, la tome y de forma egoísta bebí todo su contenido antes de tomar mis cosas y encerrarme en los establos. Necesitaba dormir y despejar la mente antes de que el alba alcanzara las altas murallas de Invernalia.

⚔ ⚔ ⚔ ⚔

Sentí un golpe sobre mis botas; luego otro, y otro más agudo en la altura de la rodilla. Cuando abrí los ojos vi a un niño, de no más de 14 años pateando de mi cintura para abajo, sin darle tiempo al mocoso de huír, lo tome rápidamente de la pantorrilla e hice que su rostro chocara contra el suelo mezclado con tierra, paja y humedad.
-Sal de aquí.- le dije mientras me ponía de pie, abandonando mi lecho de paja y pieles, pasando junto a él, solo para descubrir que se trataba del pequeño Billy, el muchacho que me asistía en los establos. Salí del establo, corriendo hacia la puerta del servicio, allí, Yara una de las ciervas de la cocina me esperaba con ropas, una fuente y jarra frescas para refrescarme y vestirme. Nadie más estaba en las cocinas, pues el sol aún no salía.

Un par de minutos después, me encontraba nuevamente en los establos alistando los caballos, y entregándolos a sus jinetes. En medio de mi labor, pensaba nuevamente en la visión que me había visitado en las horas nocturnas, y deseé más que nunca que abandonásemos ya el lugar para ir a cazar. Cogí mi carcaj, lleno de flechas y el arco, lo puse tras mi espalda. Cruzando su cuerda por sobre mi pecho, luego cogí un cuchillo y como de costumbre lo oculté en mi bota, pegada al rostro interior de mis piernas. Fruncí los labios, al momento en que mis manos trenzaron mi cabello y lo ataron con un trozo de cuerda. No necesitaba lujos para salir a cazar.

Una vez que todos abandonaron el establo, me dispuse a dejar todo asegurado y a salir; cuando se me informó que los caballos de Lord Stark debían ser ensillados para él mismo y sus hombres. Asentí como si nada, aunque en el fondo estaba curiosa por la repentina unión del Señor del "Norte", aquello era algo que no me esperaba. Solo había tenido contacto cercano con su pequeño hijo, a quién en el fondo adoraba. La calidez que ese niño me entregaba era algo que jamás admitiría amar. Pero me era innegable. Billy me ayudó con los arreglos de última hora, en lo que a mí pareció una eternidad, tuvimos cinco caballos extra listos.

Salimos con las mansas bestias, y me dedique a cerrar el establo al ser la última en salir. Algo me decía que esta podía ser mi oportunidad de advertir a Lord Cregan, pero a la vez eso significada dar explicaciones. No estaba lista para enfrentar lo que significaba dar explicaciones y quizás descubrir mi origen maldito en estas tierras. Alcé ambas cejas, incitando al mañana, mientras veía bajar al Lord junto a sus hombres. Algo me impulsó a estar cerca de montura, para ser yo quien se la entregase, y cuando el estuvo cerca lo único que recibió de mi fue la inclinación de mi cabeza, a diferencia de los demás que hacían reverencias más elaboradas.
-Su caballo, Mi Lord.- salude, notando que detrás de él lo despedía una criada con un niño, un infante en brazos. Sonreí a la pequeña figura de Rickon, el pequeño Lord, el joven magnar, como le decía cariñosamente las pocas veces que me había tocado cuidarlo. Tenerlo en brazos me llenaba de una calidez indescriptible, y hasta entonces, era el único sureño por el cuál hincaría mis rodillas al suelo. Negué levemente, mientras volvía mis ojos a Lord y ponía las riendas de su caballo en sus manos.

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Re: Cuestión de Norte y lealtad ⚔ FB ⚔ Cregan Stark ⚔

Mensaje por The King in the North el Jue Jul 28, 2016 3:02 am

Un anciano menudo, de rostro afilado y una mirada sombría, entró por la gran puerta de Inveralia. En su cuerpo asediado por el tiempo, llevaba una manta que le cubría precariamente los harapos que vestía, de colores negro y verde hoja. Se acercó con dificultad ante los presentes en el gran salón y le susurró algo a los guardias. Dos hombres macizos se dieron la vuelta y caminaron con la costumbre autoritaria típica del oficio, y se plantaron con la frente en alto ante Cregan Stark.

El Señor de Invernalia yacía sentado en la ancestral silla de madera, donde los lores de diferentes generaciones habían mantenido su posición de poder y supremacía en el Norte. Sus ojos recorrieron a los guardias con indiferencia, como si no le fastidiara su presencia. Levantó una mano e hizo un ademán para que expulsaran la información de sus estoicas bocas.

—Milord, un granjero de Villa Topo—Cregan lo interrumpió con otro ademán de hastía.

Hazlo pasar—ordenó con una voz rasposa y gastada por una noche fuera de la cama.

El anciano granjero se acercó con dificultad, como si cada paso fuese una agonía. Levantó la vista con lentitud, tiritando por el frío. La sombra de sus ojos apenas vislumbraba sus pupilas y en la boca se notaban los claros signos de la enfermedad.

—Milord, he venido hasta acá—una tos crepitante atravesó sus palabras, haciéndolo trapicar horriblemente. Sonaba como si la madera se astillara.  Carraspeó con intensidad y prosiguió—He venido hasta acá porque unos bandidos han asaltado mi pueblo—miró el suelo, temiendo que los ojos fríos de Cregan se toparan con su rostro maltrecho. Murmuró algo entre dientes que apenas se oyó en la estancia, a pesar del eco que producían las paredes de piedra.

¿Cómo dice?—preguntó Cregan, con un tono más amable que con los guardias.

El anciano se mojó los labios, pasó una mano por el pelo blanquecino que brillaba como la luna a la luz de la chimenea.

—Creo que eran desertores de la Guardia de la Noche, Milord—sentenció el granjero.

Los presentes en el salón murmuraron turbados y alterados. Bernard Stark, que estaba sentado junto a su sobrino se acercó al oído de Cregan y le susurró unas breves palabras. Lord Stark se levantó de su asiento, mientras su capa de piel se mantenía estoica en su espalda, colgando de sus hombros.

Bien, enviaremos un cuervo al Muro, para saber qué está pasando—miró al tesorero con severidad. Éste remojó el plumín y comenzó a escribir fríamente, como si sólo se tratara de respirar—También enviaremos suministros a Villa Topo, para compensar las pérdidas—ordenó finalmente Cregan.

—Gracias, Milord, es usted muy amable—El anciano hizo una tosca reverencia y se retiró más lento de cómo había llegado, paso por paso, hasta salir del salón.

Cuatro días después.

El cielo estaba nublado como de costumbre y las nubes advertían con anterioridad la tormenta de nieve que se acercaba. Bernard le sugirió a Cregan partir otro día, cuando hubiese mejor tiempo, pero éste le contradijo con tono suave, insistiendo que si se demoraba más el torneo comenzaría sin él.

Cregan había estado entrenando arduamente con Benjen antes de comenzar el torneo. Quería demostrar que sus habilidades de combate seguían más frescas que nunca y que su espíritu seguía ardiendo en el frío del Norte. Estaba entusiasmado con la idea, hasta había sonreído unas cuantas ocasiones; sin embargo, algo le preocupaba cada día, como una espina que se clava en el pie con cada paso. Hacía días que no había respuesta del cuervo enviado al Muro. No tenía ninguna noticia de los hombres que había enviado a buscar reclutas para la Guardia y cada día llegaban más personas siendo afectadas por supuestos desertores.

Despejando sus ideas, se dedicó toda la mañana a Rickon. cada vez que veía a su hijo, cada vez que veía esos ojos azules, revitalizantes, tan llenos de energía y vida, todas sus preocupaciones se disolvían como la sal en un charco de agua. El niño sonrió con ternura y Cregan lo cargó en su brazos, abrió la puerta y se dirigió a los establos.

Pensaba con quién dejar a cargo al niño mientras estaba fuera. Bernard estaba muy ocupado con los asuntos de la casa, Benjen no servía de niñero y no confiaba en las cuidadoras de Invernalia. Sin embargo, había alguien que había demostrado tener un gran vínculo con Rickon y que lo cuidaba muy bien. Sylvi era la encargada de los caballos y el establo, una especie de moza de cuadras sin el título. Alguien con quien Cregan no había tenido mucho contacto, pero que confiaba de una extraña manera en ella.

Dio algunos pasos suaves por la tierra húmeda, meciendo a su hijo entre los brazos, intentando que se quedara dormido. Llegó junto a la chica que estaba entregándole las riendas del caballo con una reverencia. Cregan la analizó de hito en hito y sonrió.

Sylvi, ¿cierto?—levantó su mentón con la mano que tenía libre para que lo viera a los ojosNo tienes que hacer tantas formalidades, ya tienes la confianza de Rickon por lo que he visto y me han contado—El niño estiró su pequeña mano hacia Sylvi, intentando tocar su cabello con ellas, balbuceando "Sivi" entre labios. Cregan lo dejó en el suelo y caminó tambaleante hacia Sylvi, aferrándose de su pantalón y repitiendo "Sivi", una y otra vez, entusiasmado.

Veo que te quiere mucho, por eso necesitaba hablar contigo antes de partir—se volteó hacia el salón del castillo y sin girarse prosiguióVen, vamos adentro, luego vemos los caballos. El frío nos comerá si seguimos aquí—comenzó a caminar hacia dentro, mientras Rickon seguía aferrado a la pierna de Sylvi.
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