Ambientación
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Nos encontramos en el año 129, en el apogeo del poder de la casa Targaryen. Los Targaryen son numerosos al igual que sus dragones lo cual ha provocado que su hegemonía no tenga discusión por parte de las casas inferiores, no obstante, ese mismo poder puede hacer que la casa reinante se devore a si misma, o eso es lo que los rumores dicen. Las demás casas luchan por conseguir el favor de la casa real, algunas con mayor éxito que otras. Sin duda la casa que más ha logrado trepar ha sido la casa Hightower quien ha hundido sus colmillos fuertemente en la corte del rey y no parece dispuesta a aflojar, algo que molesta bastante a los Velaryon, la otra rama de la familia real, los cuales también arañan por tratar de llegar a la cima después de que el trono les fuera arrebatado en el concilio del año 101. Estas luchas se han intensificado recientemente ya que el rey Viserys está enfermo y cada vez más débil, se dice que no vivirá mucho más lo cual ha creado un ambiente tenso en los seis reinos que conforman el trono de hierro. El gran temor es que la unificación realizada por Aegon el conquistador sea destejida por sus descendientes y que Poniente arda. Dorne permanece independiente e inconquistable, hazaña de la que todos los dornienses se sienten orgullosos, especialmente los Uller los cuales derribaron a Meraxes tiempo atrás.

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El perfecto desastre |Quentyn Allyrion|

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El perfecto desastre |Quentyn Allyrion|

Mensaje por Rhaena Targaryen el Jue Jul 21, 2016 10:24 pm

DÍA XIII | MES I| AÑO 129

Ha estado la mitad de la competencia ocultándose el rostro tras un abanico de madera, se excusó con su hermana un par de veces para ir a comer algo o dar una vuelta y se distrajo trenzándose el cabello, pero nada de eso la salvaría de los vítores de la multitud viendo a los nobles sumidos en lo más bajo de su naturaleza, dándose estoques en una arena que ya parece una porqueriza y soltando gritos como si fuera una guerra de verdad. Si está allí es porque se siente culpable de no haber asistido a la inauguración y creyó que podría compensarlo haciendo presencia en los eventos, como se espera de una princesa, pero no ha hecho sino arrepentirse desde que su tío Viserys anunció el inicio de la melé y las armaduras esmaltadas de los participantes pronto se vieron eclipsadas por el choque del acero y los aullidos a través de sus yelmos.

Se remueve en la silla con la vista clavada en sus primos Aemond y Lyonel, cubiertos de polvo y astillas, luchando contra el último hombre en pie a parte de ellos. Ya no puede ver eso, su propia sangre batiéndose en duelo por deporte no es algo que disfrute, ella se aguanta los entrenamientos y llega a emocionarse viéndolos, pero en sus rostros hay una expresión casi salvaje que provoca malestar en la Targaryen, le recuerda los sueños que la persiguen en donde los dragones se acaban entre sí. Respira profundo y baja las gradas acompañada de una dama, no se molesta ya en excusarse pues sabe que Baela comprende su incomodidad, igual que las demás muchachas que les acompañan. Ya unos metros dando la espalda a la arena escucha un vitoreo muy fuerte, uno de ellos ha caído y solo quedan dos, pero no quiere saber de quiénes se trata. El sol de media tarde golpea con mucha fuerza enrojeciendo su piel nacarada, pero cubrirse con las mangas de su vestido de seda dorada no hace mucho por ella, la muchedumbre no ayuda y el ruido a su alrededor sólo acrecenta sus ganas de salir de ahí. Trata de mantener la sonrisa en su rostro a medida que se abre paso entre los guardias, por los caminos exclusivos para los nobles y príncipes que han asistido al evento. Centra la vista lavanda en cosas que podrían aliviarle la situación; un sirviente puliendo los cascos de un caballo que se va quedando dormido al calor de la tarde allí donde está parado, una cocinera persiguiendo un perro que se le ha robado un bocado de algo mientras sostiene una jarra de cerveza con torpeza, cuyo contenido va derramando mientras corre entre la gente. Una visión que despierta la sed de la princesa, se detiene a esperar a su doncella con la vista clavada en la mujer regordeta que se aleja detrás del can.

- Quizás deberíamos detenernos por algo de beber... me podría desmayar aquí mismo. - No recibe respuesta de la chica, se voltea para buscarla y entonces escucha el barullo de los asistentes a la melé, hay un ganador. Apenas puede oír la voz del rey, pero no logra distinguir el nombre del afortunado entre los gritos y sólo reza porque los dragones hayan salido ilesos o sus heridas no sean muy graves. - ¿Quién crees que sea? - Pero su doncella no está ahí, con el ceño fruncido Rhaena se da vuelta por donde vino para buscarla, a ver con qué se ha distraído ésta vez, pero al encontrarla agarrada de la gruesa tela de un pabellón rojo no alcanza a ponerle una mano encima antes de que se desplome de un golpe de calor. - ¡Delena! Por los Siete... ¡Ayuda, se ha desvanecido! - Se agacha junto a ella y sostiene su rostro enrojecido, trata de incorporarla un poco apoyándola en sus piernas, no se da cuenta si alguien acude en su auxilio, si las observan o las están ignorando, demasiado emocionados por los resultados de la prueba. La princesa se halla concentrada en despertar a su doncella inconsciente, apartándole la cabellera negra de una frente perlada de sudor que arde como el morro de un dragón. - Despierta, por favor...

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Re: El perfecto desastre |Quentyn Allyrion|

Mensaje por Quentyn Allyrion el Vie Jul 22, 2016 3:52 pm

El motivo principal de Quentyn en aquel viaje era puramente político. Sabía que no habría muchos dornienses presentes en la capital pues las relaciones con los Targaryens eran todavía bastante frías. La independencia de Dorne quemaba a la familia reinante y los suyos no lograban integrarse bien en la vida en la Corte. Por todo ello era una buena ocasión para acercarse a la ciudad que en aquellos momentos estaba abarrotada de presencias de todo Poniente.

Pero una vez en Desembarco y, no habiendo estado jamás allí, era complicado establecer algún tipo de relación con nadie, pues, más allá de las prendas y símbolos que llevasen, el Allyrion no conocía a nadie. Por no decir que los dornienses no eran bien vistos por los extranjeros por tener una cultura radicalmente distinta a la suya. Pero Quentyn no era una persona que tirase la toalla en seguida, de hecho el sureño era bastante terco y se había propuesto buscar posibles aliados, o llegar a algún tipo de acuerdo comercial con el objetivo de mejorar su presencia política en Dorne. Además como su difunto padre solía decirle “hay que tener amigos hasta en los infiernos”, eso era lo mínimo que pretendía llevarse de Desembarco.

El mejor lugar para ello era el Torneo, de ahí su inscripción a las justas. Llamar la atención participando del evento era la mejor forma de romper el hielo. Por desgracia para Quentyn, no llegó a tiempo de inscribirse en la melé, así que en aquella ocasión lo vería todo desde la grada. Y en su caso, debido a su condición de “Casa menor” no era precisamente una grada con unas vistas elogiables. De hecho desde su puesto, lo único que alcanzaba a ver era un trozo de la arena y las gradas de las “Grandes Casas”.

La melé empezó con los vítores de la gente, era su única forma de saberlo, además del entrechocar del acero que se distinguía por encima de los gritos de la gente, pero antes de que la propia melé acabase pudo captar desde su posición el movimiento en las gradas de las Grandes Casas, al parecer dividida entre quienes bufaban como el resto del público y aquellos que habían acudido con fines puramente protocolarios.

Cuando Quentyn se hubo cansado de no ver nada, desapareció de allí sin rumbo aparente disfrutando del ambiente del Torneo. Había imaginado el tamaño y despliegue que podría verse allí pero sin duda la realidad lo superaba con creces. Había gentes de absolutamente cada rincón del mundo y cada uno mostraba sus productos, su cultura y tradiciones para que el mejor postor se llevase un pedacito de ellas. Bebidas con sabores dulces y amargos, de colores aún más extraños. Algunos productos que allí se mostraban habían recorrido más leguas que Quentyn toda su vida, y eso que el Allyrion presumía de disfrutar viajando.

Tiró un puñado de monedas para un brebaje de tonos frescos, hecho con frutas cuya existencia el dorniense desconocía que el tendero decía era lo mejor para la sed. Su buen precio se había cobrado y Quentyn esperaba que fuese el mejor trago que había dado en su vida, pero a pesar de sus ganas, antes de llegar a beber una vocecilla lo interrumpió.

Se trataba de una joven de buen origen que gritaba pidiendo ayuda porque, la que parecía su doncella estaba tirada por lo que parecía un golpe de calor. La gente, absorta en la melé ni se había dado cuenta de la situación y nadie le ayudaba. Quentyn se apresuró a correr en su ayuda dándole a la joven el pellejo con la bebida.

.- Llevémosla a un lugar a la sombra, esto le irá bien.

La urgencia de la situación no le dio pie a presentarse, pero luego lo haría, no era falta de educación si no más bien, prioridades. Cogió a la mujer desmallada en brazos y la apartó del gentío, sobretodo curiosos que habían ido a husmear. La apariencia de alguno de ellos no le gustó por lo que instó a al joven a que no se separase.

.- Agarraos de mi camisa, no sería bueno que os perdierais.

Y cuando se hubo alejado unas docenas de metros, en un saco de harina al lado de un puesto de panes, depositó a la mujer colocándola medio sentada. Allí tomó un poco de agua que le ofreció el panadero y regó su rostro para tratar que despertase, en cuanto lo hiciere la muchacha podría darle la bebida que sin duda agradecería.

.- Podeís beber vos también, hay suficiente para las dos. Soy Lord Quentyn Allyrion de Bondadivina en Dorne, ¿y vos?

Ni si quiera se había percatado de los ojos malva de su acompañante que la delataban como una Targaryen.

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Re: El perfecto desastre |Quentyn Allyrion|

Mensaje por Rhaena Targaryen el Vie Jul 22, 2016 9:10 pm

Rhaena no está acostumbrada a sentirse invisible, en la corte las miradas están siempre sobre los dragones y a la princesa nunca le falta una mano amiga. La sensación de impotencia le invade el pecho mientras procura mantener la cabeza de la muchacha erguida y sombra sobre ella, piensa en arrastrarla, pero el peso muerto es demasiado y sólo causaría más daño que el que esa hecho. Algunos transeúntes se percatan de su problema pero nadie parece saber qué hacer, por primera vez en un buen tiempo el puro corazón de la Targaryen quiere explotar de rabia, ¿cómo es posible que la gente sea tan inútil? Pero no se atreve a decir nada, tiene la garganta ahogada de angustia.

Entonces escucha una voz junto a ella, sus ojos se encuentran con un hombre que toma en brazos a una inerte Delena y le da indicaciones inmediatamente. La princesa sólo asiente y va tras él agarrándose de su camisón con una mano y sosteniendo el pellejo que él le tendió con la otra, por un momento lo único que puede pensar es que su hermana le regañaría por ir detrás de un desconocido así, sin hacer preguntas, y permitir que se lleve a su doncella. Pero no le queda otra opción, ese escudo de seguridad que siempre lleva consigo se ha roto y tiene que aceptar cualquier ayuda que le sea ofrecida con la esperanza de que sea para bien. Él deja el cuerpo de la muchacha con sumo cuidado en un saco de harina y consigue algo de agua para hacerla despertar, Rhaena se arrodilla sin el menor cuidado de rasgar su vestido y le sostiene el rostro mientras el líquido helado le corre por las mejillas. Le indica que puede beber, pero ella no debería confiar tan deliberadamente, destapa la cantimplora con el ceño fruncido y es entonces cuando los ojos oscuros de su doncella se abren como platos y da una bocanada de aire, como si se estuviera ahogando. Entierra las uñas en el polvo y busca a Rhaena desesperadamente, ella la reconforta tomando su mano.

- Os lo agradezco, Lord Allyrion. - Resulta irónico saber lo mucho que su familia critica a los dornienses por su "falta de maneras y cultura libertina" para ser que uno de ellos es el único que le ha tendido la mano. Claro que no habría esperado que fuera un Lord, pero le alivia profundamente saber que no está en manos de cualquiera, pues aunque ella se niegue a creerlo, su padre y Baela insisten en que no puede andar confiando en mozos y caballerizos que no tienen honor que defender. - Soy Rhaena Targaryen, princesa de Rocadragón. Lamento mucho ser causante de semejante molestia, tendría que haber vigilado a mi doncella más de cerca. - Y no dejar la compañía de la guarda que se le ha asignado por terca, ella no suele ser desobediente, y más que por educación, es que cada vez que rompe las reglas aunque sea un poco, tiene que ser protagonista de algún desastre. Le tiende el pellejo a Delena, que bebe de él sin preguntar, la sed la tiene agotada y muda. El color de sus mejillas no atenúa pero se ve en sus iris que le vuelve el alma, con una manga Rhaena le limpia el sudor de la frente y se da cuenta entonces que ha perdido su abanico entre la conmoción, con el que pretendía darle algo de aire. Poco importa ahora que está bien, la Tragaryen se aleja un poco para cederle espacio, sentada en la tierra. Se aparta un mechón platino del rostro y se permite soltar un suspiro más bien raro en ella, tan acostumbrada a guardar la compostura, y es que en ese momento la conmoción ha sido demasiada para guardar las formas. - Me alegra que todavía queden caballeros como vos. Seguro que algún otro habría preferido robarnos antes que tendernos la mano. - Un hecho que cada día le cuesta más aceptar, ella defiende su inocente visión del mundo a capa y espada, pero visto lo visto no parece haber más remedio que enfrentar una realidad cruel e indiferente que le rodea.

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Re: El perfecto desastre |Quentyn Allyrion|

Mensaje por Quentyn Allyrion el Mar Jul 26, 2016 3:04 pm

Cuando la sirviente que se desmayó se hubo despertado fue que Quentyn se percató del brillo violáceo en los ojos de la joven de piel blanquecina. En ese momento se maldijo mil veces por lo evidente de su error. ¡Si hasta tenía el pelo platino! Pero por la urgencia de la situación había pasado por alto absolutamente todo el protocolo.

.- Disculpadme princesa yo... no os había reconocido. ¡Menudos modales los míos!

Lo último que quería el Allyrion era causar mala impresión en la capital y menos en alguien de la familia reinante. Ya de por si las relaciones con Dorne eran tensas, ignorar a Rhaena Targaryen era cuanto menos un insulto. Por pequeña e inocente que pareciese aquella muchacha tenía más poder que Quentyn, infinitamente más y le convenía tenerla de su lado.

.- ¿Molestia? No hay molestia ninguna mi señora. Los míos y yo estamos acostumbrados a estas temperatura, supongo que aquí en la capital estos meses son difíciles de sobrellevar, es normal que sucedan este tipo de cosas.

Los dornienses conocía el calor, el más extremo, y sabían protegerse del mismo, de ahí que siempre fuesen ataviados con prendas de seda y en los días más soleados tapados todo lo que podían. Hidratarse bien y evitar las horas más calurosas, contra la temperatura no había otra solución.

El dorniense no pudo evitar reír cuando escuchó lo de caballeros. Efectivamente en el principado sureño había caballeros, pero Quentyn no era uno de ellos. Estos hombres juraban por el honor y otras similares que Quentyn consideraba debilidad. El Allyrion se limitaba a hacer lo que más le convenía a Bondadivina, fuera por los medios que fuese.

.- Bueno, todavía queda gente con modales y que sabe cual es su lugar. Por suerte yo conozco bien el mío.

La doncella se fue recuperando e incluso intentó ponerse en pie aunque todavía le temblaban las piernas. Quentyn la detuvo increpándole que todavía debía descansar un rato más si quería no desmayarse al recorrer varios pasos. Entonces se volvió hacía Rhaena, pronto aparecería su guardia personal pero hasta entonces el Allyrion no se permitiría dejarla sóla ni por asomo, además quizá podían trabar una amistad, las pocas palabras que habían escapado de su pequeña boca denotaban más madurez que la mitad de los presentes, a pesar de su corta edad.

.- Se os ha estropeado el vestido, si me acompañáis a los puestos de ahí os regalo uno. Supongo que tendréis cientos mucho más valiosos, pero seguro que ninguno de Dorne. Un paisano mío tiene las mejores telas de nuestra zona, llegadas desde Essos. Os sentaría muy bien uno, sobretodo con este tiempo.

Podría escoger uno con los colores de su casa. Los dornienses eran grandes trabajadores de la seda y, para quien supiera apreciarlo, de los mejores costureros de Poniente.

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Re: El perfecto desastre |Quentyn Allyrion|

Mensaje por Rhaena Targaryen el Jue Jul 28, 2016 2:03 am

Es más que usual que se la confunda con Baela, desde sus propios coperos hasta caballeros y Lores se acercan a ellas admitiendo la vergüenza de no saber con cuál de las dragonas se han topado, pero no recuerda la última vez que alguien pasó por alto sus rasgos valyrios y no se diera cuenta que se trata de una Targaryen. Le sorprende, pero un error lo comete cualquiera y se limita a regalarle una sonrisa encogiéndose de hombros, al final le ha salvado de un ataque de nervios y a su sierva de una fiebre, sería grosero de su parte reprocharle tal tontería cuando les ha tendido la mano incluso sin saber quién era ella en ese momento. Es más, le alivia saber que no ha causado mayor malestar en el Dorniense, acostumbrado a esas olas de calor que en Rocadragón no se sienten y más de una vez le han tomado por sorpresa en sus visitas a la capital. Cuando vivió en Pentos las temperaturas eran casi insoportables en algunos meses pero tanto ella como su servicio estaban más que habituados, Delena por el contrario viene de un pequeño pueblo del valle de Arryn donde el sol no acosa de ese modo a sus habitantes, se siente culpable por haber ignorado sus sensibilidades. La muchacha trata de ponerse en pie, y a la princesa le alivia que Lord Quentyn pueda disuadirla, pues la dama es mayor que ella y aunque respeta mucho a la Targaryen a veces ignora sus consejos por creerla todavía una niña, en ese momento la autoridad de un hombre pesa mucho más.

Ella se acomoda y entonces el Señor nota algo en su vestido, Rhaena se mira las rodillas, la seda no sólo se ha ensuciado sino que en una de ellas se rasgó, un daño que por pequeño que sea es irreparable en semejante tela. Su rostro enrojece de vergüenza, una princesa no puede andar por las calles con un vestido roto y mucho menos en un evento tan importante, su hermana suele tener esos accidentes más a menudo que ella, pero los regaños de parte de su difunta madre, sus institutrices, Rhaenyra y demás, siempre han ido para las dos por igual. El ofrecimiento de su interlocutor es sumamente gentil, pero se sentiría culpable de aceptarlo, como si no hubiese hecho suficiente por ella ya.

- No hace falta, Milord, yo debería haceros un regalo por la molestia... - Aunque él tiene razón, entre todos sus vestidos no recuerda ninguno de las tierras del sol, y con lo vanidosa que es una nueva adquisición para lucir en los eventos, quizás en la carrera de dragones donde no haya muchas más mujeres de su familia en las gradas, seguro que resplandecería como la estrella que es. Lastimosamente entre todo lo que le han enseñado está la humildad y se siente incapaz de recibir semejante atención a alguien cuyo tiempo ya ha desperdiciado. Abre los labios rosados para agradecerle, y entonces escucha los pasos metálicos que tanto conoce de la guardia de su padre, los capas doradas se abren paso entre el gentío para asombro de unos y nerviosismo de otros, el panadero que les ha atendido esboza una sonrisa lo más falsa cuando llegan bajo el techo de su pabellón. Son sólo tres, van acompañadas de los de las doncellas que veían la melé con ella y su hermana, y en sus rostros afiligranados se dibuja la preocupación al ver a la otra tirada en el suelo, despierta pero sudando y con los ojos medio dormidos.

- Alteza, bajo orden explícita de Ser Daemon no podéis salir de las graderías sola. - Cosa que ella sabe de sobra, pero el más alto de los guardias, un joven de nariz aguileña y ojos astutos, se lo reprocha como si fuera una niñita irresponsable... Aunque en ese momento lo ha sido y no puede replicar, se pone en pie sacudiéndose las faldas tan pronto las otras damas se agachan junto a la enfermiza Delena, nota que el guardia no ha terminado y aunque le frustre, prefiere respetar su autoridad y permitir que hable. - La capital es muy peligrosa, el ambiente es hostil, en especial para una princesa. - Clava esos ojos claros y suspicaces en el dorniense, como si quisiera implicar que él tiene culpa de algo, Rhaena se huele un conflicto y prefiere evitarlo a toda costa, entonces sí que decide interrumpirlo.

- Y tenéis toda la razón, Lord Allyrion nos ha tendido la mano a mi y a la doncella. De no ser por él quizás estaría lidiando sola con la pobre... - Recalca su título mirándole a los ojos como si no le tuviera miedo, aunque eso no es del todo cierto, pero está convencida de que oír que se trata de un Señor y no cualquier caballerizo aflojará ese tono con que se dirige tanto a él como a la propia Rhaena. Parece que él quiere contestar, pero una vez que la dragona se hace con la palabra no hay quien se le atraviese. - De hecho, ha tenido la bondad de despertar a Delena y estaba a punto de hacerme una atención importante, una... diplomática. - Cómo no, las cosas que se inventa, pero en la diplomacia la guardia no tiene la menor jurisdicción y seguro que meterse en relaciones entre reinos les traería un buen castigo, en especial si se trata del principado dorniense. - Si alguno de vosotros nos acompaña podemos seguir nuestro camino, y los otros que lleven a mi doncella a un lugar más cómodo, cuando pueda caminar con normalidad  se le escoltará a mi recámara en la fortaleza. - Todo ello con esa amplia e incuestionable sonrisa que caracteriza a la princesa, los capas doradas se miran entre sí y como es de esperar, el que les lidera ordena que recojan del suelo a la sirvienta para él quedarse con el ojo pegado en la Tragaryen. - ¡Cubridle la cara! No le puede dar más el sol... Lord Allyrion, me muero por ver los puestos de los que habláis. - Se vira hacia el Lord y le tiende la mano para que la guíe, todo con apremio a ver si el guardia no se atreve a chistar más.

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Re: El perfecto desastre |Quentyn Allyrion|

Mensaje por Quentyn Allyrion el Jue Jul 28, 2016 3:24 pm

Muy educadamente, a pesar de que en la nobleza era algo común, Rhaena rechazó su regalo. No dudaba de que la idea le hubiera agradado pues sus cejas se alzaron ligeramente y una pequeña arruguita asomó en la comisura de sus labios antes de decir el “no”. Pero obviamente la muchacha había recibido una educación estricta y sabía que lo correcto era rechazarlo. Pero Quentyn ya había decidido darle el obsequio y lo haría, sólo tenía que conseguir que le acompañase a escoger el que más le gustara.

Pero antes de que el Allyrion pudiera siquiera abrir la boca, se presentaron tres capas doradas con aires de grandeza a increpar a la princesa e insultar a Quentyn. A nadie le habría pasado desapercibida la mirada de desdén que le dirigió el que parecía estar al mando. Por un instante el dorniense tuvo la tentación de clavarle el puñal que llevaba en el cinto directamente en el cuello, pero refrenó el impulso respirando hondo y forzando una sonrisa. Pensaba en las mil y una formas que tenía para meterle en un lío pero Rhaena se le adelantó demostrando que era más madura de lo que aparentaba. Había captado la posible lucha de egos que se podía desarrollar allí, además de entender las implicaciones diplomáticas que podían surgir y salía por la tangente liberando las tensiones.

.- Así es, deberíais escuchar a la princesa, sin duda podíais aprender mucho de ella.

Dejó la puya en el aire antes de que Rhaena terminase de dar las últimas órdenes y se cogiese de su brazo. Quentyn sostuvo el brazo de la Targaryen y comenzó a caminar por las soleadas calles de Desembarco en dirección al tendero del dorniese con el capa dorada pegado a sus talones. Realmente no le incomodaba en absoluto su presencia, es más, todos le verían acompañado de la jovencita y no había mejor imagen que esa, o peor según quien lo viese, pero para Quentyn era un logro.

.- Os he visto muy rápida princesa, os habéis librado de una buena reprimenda. Pero cuando vuestro guardia vea que vamos a un puesto de vestidos, la escusa no se sostendrá…

Comentó entre susurros en tono burlón. La gente se iba apartando a su paso por las callejas abarrotadas entre miradas curiosas. Hacían una extraña pareja que no se veía muy a menudo, a decir verdad muy pocas veces en la historia un dorniense y una Targaryen había paseado del brazo por aquella enorme ciudad. En un momento dado llegaron al puesto que pretendía el Allyrion, era de un famoso costurero de Dorne, lo conoció en cierta ocasión en Lanza del Sol, jamás había ido a Bondadivina, no era tan apetecible como la capital del principado y mucho más humilde. En Desembarco encajaba perfectamente, al menos en aquella ocasión dados sus desorbitados precios y la buena calidad de los vestidos que ofrecía.

.- Aquí estamos, mi señora, decidme si no son bonitos. Escoged el que más os guste, pero si me permitís una sugerencia, creo que este os sentaría muy bien si le cogen un poco el bajo y lo ajustan a vuestra percha.

Era perfecto, negro y rojo dejando parte del escote al aire, pero no llegaba a ser provocador, no sería coherente con una dama de su edad, llevaba unas flores de seda bordadas por la cintura y el cuello. A él le gustaba, aunque quizás el gusto de Rhaena era completamente distinto. Mientras ella paseaba entre los vestido observando y tocando los que le llamaban la atención, Quentyn se acercó al tendero para darle instrucciones claras de lo que tenía que hacer. Tomaría medidas a su consentida y ajustaría el vestido que ella escogiera lo antes posible, dándole prioridad sobre el resto de encargos. Obviamente correría a cuenta de la Casa Allyrion.

.- Podéis tomaros vuestro tiempo, no tenemos ninguna prisa.

El tendero aprovechó para sacar unos dátiles dulzones típicos de Dorne, eran parecidos a las uvas o ciruelas pasas típicas del resto de Poniente, pero el sabor era distinto. Quentyn las probó primero ante la mirada de desconfianza del guarda y aun así no insistió a Rhanea por si ella no quería comerlos.

Vestido:
No he encontrado uno que me gustase con mejor calidad en la imagen :S

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Re: El perfecto desastre |Quentyn Allyrion|

Mensaje por Rhaena Targaryen el Vie Ago 05, 2016 9:49 pm

Por fortuna sus tretas diplomáticas les salvan a todos de un encuentro muy incómodo, no recuerda haber visto un par de miradas tan cerca de desencadenar un caos desde la última vez que sus primos Velaryon y Hightower tuvieron que tratarse por uno de tantos asuntos familiares. Para la joven dragona esos despliegues de ego suelen pasar desapercibidos, pues a pesar de su naturaleza conciliadora es consciente de que no puede ser salvadora de todos, y tan pronto el ambiente se le hace hostil prefiere retirarse. En esa ocasión habría sido de lo más insensato, especialmente porque un simple guardia, incluso un capa dorada condecorado por su padre, no debería atreverse a hablar así a un Lord, y menos un dorniense teniendo en mente los roces que hay entre ambos reinos. Se siente aliviada de haber arriesgado el pellejo por una vez, incluso a sabiendas que, de haber fallado, sería protagonista de un vergonzoso espectáculo y no quisiera que su familia escuchara semejante cosa de ella. Dedica una tímida sonrisa a Lord Quentyn, un poco nerviosa por lo que él advierte pero ya despreocupada, pues el punto de quiebre ha quedado atrás y seguramente el guardia no se atreverá a cuestionarla de nuevo... Eso es lo que espera.

- Seguro que hará mala cara, pero si se mete en asuntos políticos la reprimenda no me la voy a llevar yo. - Susurra mirándole de reojo por encima del hombro, que el Rey de los Peldaños de piedra no va a perdonar que un capa dorada con ínfulas de capitán ande estropeando una posible relación con Dorne por ir acusando a un Señor de... ¿De qué? ¿Ayudarla, darle una atención o cortejarla incluso? Rhaena ya ha florecido pero es todavía una niña, y entre la corte es bien sabido que los nobles las prefieren jóvenes, pero nadie suele buscar el favor de una doncella tan verde todavía a menos que se trate de una alianza de mucha urgencia. No cree ni por un minuto que esa sea su intención, más porque le aterra y no concibe la idea de un pretendiente importante que por su ingenua visión del mundo, prefiere no echarle demasiada cabeza.

Pronto se hace visible el pabellón que tanto anunciaba su acompañante, la gente de alcurnia que recorre sus estrechos pero exquisitamente decorados pasajes les abren paso con miradas curiosas, pues aunque la sangre valyria no se hace extrañar por todos los caminos de la capital, sí debe resultar extraño ver a una princesa paseando del brazo de un sureño. Rhaena no le da demasiada importancia, está maravillada con la calidad de las prendas que ve, pues si bien está más que acostumbrada a los vestidos de sedas caras y fina hechura, no recuerda haber visto ornamentos semejantes desde lo poco que recuerda de Pentos. Asiente emocionada, olvidando momentáneamente que debería negarse a semejante capricho y es ella quien habría de compensar el tiempo y la atención del Señor. Se halla perdida ente los algodones bordados, muchos de ellos le traen una imagen borrosa de su madre, cuyo rostro es sumamente difuso en sus recuerdos pero insisten todos en que se trataba de una dama de gran belleza y sus gustos se inclinaban mucho por las modas vaporosas de las ciudades libres, de ornamentos delicados y un talle flojo pero muy hermoso, tal como los que pude ver y tocar en ese momento. Entonces el Allyrion hace una sugerencia, llamando su atención sobre una prenda traslúcida de encajes myrenses que recuerda tanto la delicadeza de su ciudad natal como los bordados y formas ostentosas de la corte de su tío Viserys, y cómo no, los colores de su casa. Parece un equilibrio perfecto, ella no suele lucir su blasón pues los colores fuertes son algo que se acopla más al carácter de Baela, pero en aquella prenda los cientos de flores cuidadosamente cosidas del cuello a la cintura aplacan la apariencia brusca del dragón, algo mucho más adecuado a su personalidad dócil y femenina. Lo levanta frente a sí, el tallaje se ve bastante bien pero quizás podría ser muy largo, la dragona no ha terminado de convertirse en una mujer y su estatura no alcanza la de las mujeres adultas de su familia.

- Es muy hermoso, supongo que si no es mucha molestia ajustarlo un poco... - Sus mejillas se tiñen de rosa, adora los regalos como cualquier dama pero se siente culpable de recibirlos, a una princesa no le hace falta nada y quizás ese tipo de atenciones estarían mejor en manos no tan afortunadas como las suyas. Pero la vanidad le gana en ese momento, ya se puede imaginar usándolo. Antes de que pueda decir algo más observa al costurero que, tan pronto intercambia palabras con su fiel comprador echa carrera a sus pequeñas bodegas y vuelve con un cuenco de frutas que no logra reconocer en una mano, en la otra una cuerda llena de nudos y marcas para medir. Con el permiso de la princesa rodea su cintura cuidadosamente y llama a un asistente para que haga cuentas. Ella le deja tomar sus medidas con los iris clavados en las frutas que el dorniense prueba, alza los brazos para que el hilo pase sobre su pecho, mida su estatura y el ancho de sus hombros pálidos, no pasa desapercibido para el sastre el descuido que ha sufrido su falda dorada e inmediatamente se ofrece a repararlo. Insiste en que tome asiento, no tiene que quitárselo para hacer un remiendo indivisible en el que es más que experto, sin chistar la dragona se sienta en un banco de madera mientras el asistente termina de tomar medidas y el artista de las telas busca lo que necesita para hacer su magia. - ¿Puedo? - Pregunta al dorniense refiriéndose al aperitivo jugoso pero algo arrugado que reposa en el cuenco. Toma uno y se lo lleva a la boca, frunciendo el ceño cuando siente su sabor agridulce que al final parece dejar un gusto fantástico, nunca había probado algo semejante. Se toma el atrevimiento de ofrecer un poco al capa dorada para limar asperezas, pero éste se niega y permanece inmóvil, paseando esos ojos inquisidores por el local. Le frustra esa falta de cortesía pero no permitirá que eso le estropee el momento, devuelve entonces su atención a Lord Quentyn. - ¿Todo en Dorne es tan exquisito? La comida, las prendas, los modales... - Suelta una tenue carcajada y añade en voz baja: - No me extraña que no quieran rendir pleitesía a nadie, compartir estos tesoros tiene que ser muy difícil. - Pero quizás no debió decir eso, siente la mirada del guardia clavada en su nuca y aún así no lo mira, aquel es un tema muy delicado para que lo discuta una muchacha tan joven y poco experimentada, peor aún en un sitio público, así que mientras mastica otro dátil se apresura a cambiar de tema, carraspeando en un intento de evitar que vaya mucho más allá. - Yo... Os agradezco mucho tamañas atenciones milord, orgullosa portaré vuestro regalo en el baile de clausura, o quizás en la carrera de dragones, me entusiasma mucho ver a mi hermana participar. ¿Asisitréis? - La respuesta parece bastante obvia pero prefiere preguntar de todos modos para disipar el tema anterior, ese parece mucho más adecuado para discutir, no hay nadie en esa ciudad a quien no emocione ver a las bestias recorrer los cielos.

Rhaena Targaryen
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Re: El perfecto desastre |Quentyn Allyrion|

Mensaje por Quentyn Allyrion el Lun Ago 08, 2016 12:27 am

Ajustarlo no sería una molestia, ni para el costurero ni para la princesa. A simple vista supondría más trabajo para el hombre cuando la paga iba a ser la misma, pero el renombre y prestigio que le daría que Rhane vistiera sus telas valía mucho más que todo ello. Por esto, el hombre no dejó de sonreír y hacerle mil y una preguntas a la pequeña Targaryen que, si bien pretendía resistirse, el regalo le había encantado.

.- Claro, creo que os gustará, aunque quizás os resulta un poco extraño. Son frutos de uno árboles en nuestra tierra, que los dejamos que sequen. El sabor es más agradable una vez pasado un tiempo.

Los dátiles eran bastante dulces, quizá demasiado para su gusto. Pero supo que Rhaena le había gustado tras ese primer impacto extraño en la boca. Para un paladar que no acostumbra a bocados tan especiados o sabrosos como el dorniense, uno de aquellos frutos resultaría muy extraño. A pesar de las posibles diferencias de gustos, la pequeña “dragona” estaba probando un pedacito de Dorne y parecía agradarle.

Quentyn estalló a reír a carcajadas ante el comentario de Rhaena. No se lo esperaba. Pero tratar con naturalidad una rivalidad tan vieja como la de los dornienses con el trono de poniente, quizá era la mejor manera de limar asperezas. No había porque negar lo evidente, eran dos naturalezas distintas enfrentadas. Pero una frágil paz los unía desde hacía algún tiempo. Y trazar amistades era el mejor bálsamo para una herida quizás todavía abierta.

.- Bueno, supongo que como sucede aquí. No todo. Hay gente menos educada, con peores gustos y , sin duda no compartiría nada de su tiempo con vos. En el fondo, dejando de lado nuestra cultura y tradiciones. No somos tan distintos. Le siente mal, a quien le siente. Yo personalmente no juzgo a las personas sin conocerlas y trato de no guiarme por animadversiones inútiles. Gusto de probar los placeres de la vida y rodearme de gente con buen gusto.

Le guiñó un ojo cuando dijo esto último desviando la mirada hacia el vestido que había escogido finalmente Rhaena. El mejor ejemplar tal y cómo le había recomendado Quentyn. El dorniense no tenía una posición definida con el tema de los Targaryen. Ahora estaban en paz, ¿de qué había que preocuparse? No eran enemigos, por tanto, odiar a alguien sin motivo aparente, por algo ocurrido años atrás, no era concebible.

.- Si asistiré, so os digo la verdad me impresionan esas criaturas. No podría perderme algo así estando en la capital. A fin de cuentas he venido precisamente a eso, a conocer todo lo que pueda y disfrutar de lo distinto a mi tierra. Bueno también asuntos aburridos de política, ya sabéis, sigo siendo un Lord. El honor será mío si portáis ese vestido. Cuando esté ajustado os sentará realmente bien, sumado a vuestra belleza natural, quizás pidan vuestra mano.

Quentyn bromeaba, pero sabía que podía ser una preocupación de la joven. No era maldad, ese gesto de confianza, pero ella actuaba con soltura y naturalidad y el Allyrion quería hacer lo mismo. A pesar de que no perdía sus modales Rhaena era una gran conversadora y demostraba que podía desenvolverse realmente bien en situaciones a priori complejas.

.- Pero no cambiéis de tema, me gustaba el anterior. ¿Qué opinas de lo sucedido entre nuestros reinos?

Si, pretendía ponerle en un aprieto al formularle esa pregunta pero era porque, realmente su opinión parecía valiosa. Es decir, había mostrado tener más madurez que la mitad de la corte, y uno no tenía la oportunidad de saber la opinión de un Targaryen de primera mano.

El hombre terminó los arreglos en medio de la conversación y Quentyn se ofreció a acompañar a palacio a Rhanea por “seguridad” a pesar de llevar al armario de su guardia a un palmo de distancia, era una excusa para disfrutar un rato más de su compañía. Y terminar la conversación. El susodicho cargaba con el vestido envuelto en una tela más humilde para no se manchara. Al parecer no le agradaba la nueva tarea.

Quentyn Allyrion
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Re: El perfecto desastre |Quentyn Allyrion|

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