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Nos encontramos en el año 129, en el apogeo del poder de la casa Targaryen. Los Targaryen son numerosos al igual que sus dragones lo cual ha provocado que su hegemonía no tenga discusión por parte de las casas inferiores, no obstante, ese mismo poder puede hacer que la casa reinante se devore a si misma, o eso es lo que los rumores dicen. Las demás casas luchan por conseguir el favor de la casa real, algunas con mayor éxito que otras. Sin duda la casa que más ha logrado trepar ha sido la casa Hightower quien ha hundido sus colmillos fuertemente en la corte del rey y no parece dispuesta a aflojar, algo que molesta bastante a los Velaryon, la otra rama de la familia real, los cuales también arañan por tratar de llegar a la cima después de que el trono les fuera arrebatado en el concilio del año 101. Estas luchas se han intensificado recientemente ya que el rey Viserys está enfermo y cada vez más débil, se dice que no vivirá mucho más lo cual ha creado un ambiente tenso en los seis reinos que conforman el trono de hierro. El gran temor es que la unificación realizada por Aegon el conquistador sea destejida por sus descendientes y que Poniente arda. Dorne permanece independiente e inconquistable, hazaña de la que todos los dornienses se sienten orgullosos, especialmente los Uller los cuales derribaron a Meraxes tiempo atrás.

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Ayudando a Romeo y Julieta || Thomas Upcliff

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Ayudando a Romeo y Julieta || Thomas Upcliff

Mensaje por Anath de Lys el Lun Jul 18, 2016 8:28 pm

Era un día como otro cualquiera y mi rutina no cambiaba. Me levanté a inicios de la tarde cuando el sol de Otoño pegaba con fuerza en la fachada blanquecina de mi inmensa vivienda y perezosamente me puse en marcha tomando un desayuno abundante -pues en mi día a día nunca sabía cuándo volvería a comer hasta el desayuno siguiente- y me bañé y adecenté para luego ir rumbo a mi casa del placer.

Podría haber dejado la administración de mi negocio en otras manos, pero lo cierto era que no confiaba mucho en nadie como para dejar nada en manos ajenas más de lo imprescindible, por ello cada día iba a mi lujoso local a unas calles de mi vivienda y procuraba revisar que todo estuviera en orden, aunque no antes de la apertura, pues hacía mucho que el local estaba abierto durante todo el día y la noche, todos los días del año. Lo primero fue comprobar que el ambiente y el lleno del local fuera el habitual.

Después lo que hice fue ver que hubiera bastantes chicas trabajando, pues como las dejaba administrar sus horarios -y era en base a los trabajos y no las horas lo que cobraban- podía darse que un día bien porque todas hubiesen trabajado a las mismas horas y descansasen juntas o bien por una afluencia extra de clientes que hubiera menos chicas de las requeridas. Pero por suerte como en todo en la vida, todas querían ganar más que las otras y más que el día anterior, así que había mujeres de sobra para los clientes. Bueno, mujeres y hombres, aunque los hombres que trabajan en estos sitios solían pecar de afeminados, no porque fueran invertidos, muchos solo estaban para las mujeres que quisieran y se atrevieran a visitar el local, si no porque se cuidaban más y eran más egocéntricos que muchas mujeres.

Finalmente luego de saludar a algunos clientes importantes y que eran clientes fieles -siempre que se pueda considerar fiel en algún sentido a un putero- me fui a hablar con mi encargada, que me puso al tanto de lo ocurrido desde que me fuera al amanecer a descansar y luego de acordar algunos asuntos, ella marchó a dormir. Así era nuestra vida, dependiendo de otros para simplemente dejarnos caer en la cama y dormir un poco.

Marché a mi despacho, ubicado en la planta superior, alejado del bullicio, los gemidos y gritos y el olor a sexo. Porque un negocio de cualquier tipo genera gastos que requieren inversión, además de obvias y necesarias ganancias que hay que gestionar. Si, señores y señoras, la Reina de Secretos, una de las prostitutas más deseadas y cotizadas posiblemente de Poniente entero, se pasaba sus noches haciendo cuentas y tratando con papeleo. Así era mi vida, alejada de los sueños lascivos y glamurosos que muchos tenían sobre mi vida y aquella noche en especial, nada parecía a salirse de lo normal... O puede que si.
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Re: Ayudando a Romeo y Julieta || Thomas Upcliff

Mensaje por Thomas Upcliff el Mar Jul 19, 2016 4:08 pm

Moví los dedos de mi mano derecha en extraña coreografía, como un abanico que se abre y se cierra mientras observaba con detenimiento cómo los intrépidos lobos de mar de la tripulación de aquel navío se asían a las jarcias y a los cabos mientras reparaban el velamen del trinquete. Desde el castillo de popa podía oler el salobre aroma del Aguasnegras secando el interior de mis fosas nasales. El olor a salitre se mezclaba con el de la brea y el sudor y convertían aquella hermosura flotante en un viaje para los sentidos de los menos acostumbrados a la mar.

Me paseé por la cubierta acariciando la superficie de madera de la borda y me dirigí lento e inquisitivo hacia la pasarela que daba al muelle, observando con detenimiento cada detalle; cada imperfección en la delicada figura de mi amada nave. Un marinero se acercó para preguntar cuánto tardaría en volver, pero mi respuesta se limitó a una socarrona sonrisa y una pequeña carcajada, más propia de un excéntrico que de un hombre curtido. Finalmente decidí hacerle tan sólo un gesto con el dedo índice, indicándole que no sería demasiado tiempo, al fin y al cabo ¿por qué había de tardar? Si las cosas estaban saliendo según lo planeado, mi visita al burdel sería anecdótica; fugaz como el reflejo de la luna en una onda del mar. Descendí por la pasarela, pisando 'tierra firme' por fin. Incluso tras años viviendo del mar, el momento de poner el pie fuera del barco resultaba cuanto menos interesante. Era esa sensación de mareo que muchas personas no experimentadas sentían cuando subían por primera vez a un barco la que yo sentía cada vez que salía de él. En tierra firme todo era más estable y sólido y para alguien acostumbrado al contínuo movimiento del navío, la sensación pecaba de incómoda.

Desembarco del Rey. Un suspiro se dejó escapar entre mis labios al vislumbrar la gran Fortaleza Roja. Aquella ciudad era la peor cloaca de Poniente e incluso Braavos resultaba más agradable que aquella pocilga llena de desgraciados y de hipócritas. Si me apurabas, estaba seguro de que hasta los malditos mendigos eran estafadores y cínicos malnacidos. ¿Habría algún tipo fingiendo ser ciego, pidiendo monedas cada vez que alguien pasaba a su lado con un 'Buenos días, señora'? Seguramente.

Caminé con rumbo fijo a la Casa del Placer y no me detuve para nada más: ni para observar los puestos y las tiendas, ni para mirar siquiera de refilón a los mendigos. Tenía un objetivo en aquella ciudad y quería acabar con ello lo antes posible. Cuanta menos gente supiese que había estado allí, mejor para todos... aunque daba igual, ¿no? En cierto modo tampoco era raro verme visitando uno de esos antros. De hecho hasta podría considerarse un descuento por antigüedad en mi caso. Llegué en poco menos de diez minutos y una de las mujeres que frecuentaba, que estaba en la entrada tomando el sol cual planta en una maceta me dedicó una sonrisa picantona a la que no pude evitar corresponder, negándome pese a todo a sus ofrecimientos pues aquel día no estaba allí por placer. ¿O si? Depende de como se mire.

Entré en el establecimiento a raudas zancadas y subí al segundo piso sin pararme a preguntar ni pedir permiso. Abrí la puerta de la habitación de la que podría considerarse gerente y me detuve junto a la entrada, dejándola abierta ante la consciencia de que muy probablemente hubiese algún matón deseando aparecer por allí para echarme a patadas del salón en el que se establecía la mujer que le pagaba cual burdo perro faldero.

Muy buenas tardes otoñales... ¿señorita? Os estaría tremendamente agradecido si impidieseis que en breves instantes aparezca alguno de vuestros amigos para dañar mi delicado cuerpo ― dije, con un tono entre serio y burlón. Difícil de entender, ¿verdad? Hice un ademán con mis brazos señalando la puerta de entrada, cerca de la cual ya se oían los pasos de alguno de los subyugados hombres.

Los negocios apremian, no quisiera tener que dar una mala opinión de un lugar tan lleno de vida ― añadí con una sonrisa.
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Re: Ayudando a Romeo y Julieta || Thomas Upcliff

Mensaje por Anath de Lys el Lun Jul 25, 2016 1:50 am

Estaba yo sumergida en una comparativa de gastos entre ese mes y el anterior, igual en un inventario de todos los bienes y recursos de esos dos meses -era la mejor forma de comprobar cómo funcionaban las cosas, si alguien robaba o se aprovechaba, si se abusaba de algo o si por el contrario, faltaba de ello- para así ajustar gastos y comprar en consecuencia para los meses siguientes cuando la puerta de mi despacho se abrió de golpe. Alcé la vista para encontrarme a un hombre que no conocía. Puede que su rostro me resultase conocido, pero veía tanta gente todos los días que no podía estar segura. Segura si estaba de que nunca había interactuado directamente con él.

No sabía si su irrupción era fruto del alcohol, una equivocación o algo más. Pero mis guardias había pecado de no cumplir su trabajo, aunque de eso me ocuparía más tarde. Mantuve la calma como acostumbraba a hacer y ni si quiera parecí molesta o importunada. Dejé los papeles de lado y miré al hombre cruzando mis manos sobre la mesa.

-Señorita- aclaré ante su interrogación con la calma más burlona del mundo. Como si esperase ver algo que me diera un motivo para alterarme y no echarlo a patadas sin si quiera levantar la voz.- Su delicado cuerpo está en el lugar equivocado- anuncié.- Y es labor de mis amigos evitar eso. Así que dígame ¿Qué ha provocado que su cuerpo futuramente golpeado termine en mi despacho? No parecéis borracho, así que no creo que os hayáis equivocado de puerta- añadí evitándole excusas. Entonces comentó algo sobre negocios y enarqué una ceja, burlona.- No sé qué clase de negocios puede proponerme usted.

Los guardias llegaron y les dediqué una mirada seria. Ambos bajaron la vista y aguardaron a que les diese permiso para llevarse al hombre y casi que hasta para respirar. Habría consecuencias por aquello, pero no ahora, no frente al hombre, ni mucho menos en caliente dejándome guiar por mi odio a la incompetencia.

-Está bien- anuncié luego de un tenso silencio. Tenso para los demás, que no para mi, que lo había provocado a propósito. Me levanté y caminé a un estante dónde había varios relojes de arena, tomando uno.- Tenéis hasta que caiga el último grano de arena para decir lo que sea o mis amables guardias os enseñaran a llamar a las puertas y sobretodo, a cuales no molestar- dije, girando el reloj y ofreciéndole asiento mientras yo volvía a mi sillón. Tenía quince minutos, a ver qué decía.
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Re: Ayudando a Romeo y Julieta || Thomas Upcliff

Mensaje por Thomas Upcliff el Lun Jul 25, 2016 3:48 pm

Observé con una sonrisa en el rostro a la mujer que estaba frente a mí. Aunque su agresiva actitud me hizo alzar las manos en un gesto de calma ―Uoh, uoh. ¡Calma! ― exclamé. Lo cierto es que en todo el tiempo que había empleado en el barco y en el camino hacia el burdel había sido lo suficientemente torpe de no pensar en qué le diría y en cómo lo diría, por lo que en aquel momento me encontraba en un pequeño aprieto. Sí, la idea era simple, pero en los negocios, como en todo -y quizá más que para otras cosas- había que tener labia y saber encandilar a tus futuros socios para endulzarles las ofertas... y en ese momento me había percatado de que iba sin nada preparado. Sonreí nervioso, realizando un pequeño gesto casi involuntario con los dedos de la mano derecha, los cuales abrí en abanico mientras observaba con los ojos abiertos como dos platos cómo colocaba el reloj de arena y los pequeños granos comenzaban a caer rápidos e imparables.

¡Eh! Vaya, ¡vaya! Un poco de calma, ¿quieres? Uhm, por los Siete, ¿así hacéis negocios en esta cl-... ciudad? ― dije, mesándome la barbilla y observando el reloj pensativo. ¿Y qué podía hacer ahora? No tenía ganas de acabar pateado a las puertas de un burdel... ¿qué clase de imagen iba a dejar? ― Vale, vale, está bien ― dije, más para mí mismo que para mi interlocutora.

¿Por qué no hacemos una pequeña pausa? ― pregunté, justo antes de girarme con una sonrisa nerviosa hacia uno de los matones, que se había colocado detrás de mi y me observaba con un semblante serio e imponente. Yo le saludé vagamente con la mano y volví a mirar a la mujer ―. Vale, vale, vamos a ver, sí ― murmuré ―. Verá... señorita, sí. Conozco a un tipo que tiene a cierto conocido cuya amada se haya en gran peligro, pues ésta debe casarse con el susodicho y éste tipo que le compento que conozco no puede hacer mucho para detener el enlace. ¡Él y la señorita se aman mutuamente, por supuesto! Pero supongo que ya sabéis como son estas cosas de alta alcurnia... ¿pero quién las entiende? ¡En fin! He oído muchas cosas buenas sobre vos y creo que ambos podemos llegar a un acuerdo si podéis ayudar a este conocido mío a encontrar una... manera, por así decirlo, de que su noble conocido desista en su empeño por casarse con la amada de él y que éstos puedan tener una vida feliz, comiendo perdices a la puesta de sol... ― expliqué, aunque al terminar me incliné unos centímetros encarcando una ceja, comprendiendo que quizá no había sido del todo claro.

Me froté las manos y suspiré, observando cómo la arena del reloj seguía cayendo a raudales ―. Veréis vos, me pone muy nervioso ese relojillo, ¿entiende? Creo que ambos estamos de acuerdo en que dos personas sosegadas pueden llegar mejor a un acuerdo si una de ellas no ve peligrar su integridad física, ¿me entendéis, verdad? ― pregunté, sonriendo. Estaba seguro de que si mis marineros me viesen en aquel aprieto se echarían a reír como condenados más que detenerse a echarle una mano a su capitán, con el que parecían entretenerse cuando se metía en líos.

Uhm, ¡me ponéis en un aprieto con tantas emociones! ― dije, y desaté de la faltriquera un saco del tamaño aproximado de un puño cerrado, lleno de dragones de oro. Se lo lancé con pericia a la mujer sobre su mesa y retrocedí un par de pasos, situándome al lado del matón, al que le propiné una cariñosa palmada en el hombro mientras miraba a la mujer ― Como le digo creo que ambos podemos llegar a un acuerdo si la situación se enfría un poco ― concluí, alternando la mirada entre el matón y su señora.
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Re: Ayudando a Romeo y Julieta || Thomas Upcliff

Mensaje por Anath de Lys el Miér Jul 27, 2016 2:45 am

Era evidente que el chico no esperaba encontrarse oposición a su llegada y su oferta. El pobre iluso pensaba que no iba a tener otra cosa mejor que hacer que hacerle caso... Por desgracia parecía no tener un plan B, pero era asunto suyo, yo no iba a cambiar la estrategia. Si algo es interesante llama tu atención al primer momento, si no solo es una pérdida de tiempo.

-¿Yo? Si. Soy una mujer ocupada y mi tiempo vale oro. Mucho oro. Pero lo más caro y difícil de conseguir es mi paciencia y os estoy regalando quince minutos de ella ¿realmente pensáis desperdiciarlos así?- pregunté al verlo tartamudear. La seguridad se le había ido de golpe y porrazo.

Entonces empezó a contarme una movida digna de historia de caballería sobre un noble, una mujerzuela y el enamorado de esta. Vamos, la clase de historia que me aburría, me resultaba patética y hasta asco podía darme si los detalles se volvían demasiado azucarados. No, no tenía mi atención sin lugar a dudas, pero aunque lento, aún no había consumido su tiempo y yo era una mujer de palabra.

-Estoy sumamente sosegada, pero no me gusta brindar mentiras a mis posibles socios. Así que relajaos, al menos sabéis a lo que ateneros si no cumplís vuestro cometido. La historia suena interesante, pero disculpad, me dormí a la mitad- ironicé.- No sé qué puedo hacer yo por vos en este caso que no pueda hacer cualquiera de mis trabajadoras por la tarifa acordada.


Entonces la bolsa de oro llegó a mi mesa y enarqué una ceja observándola. Sin dudas yo ya no era un trozo de carne pagado al mejor postor y aunque el oro era importante, no era lo más importante para ganar mis atenciones. Me dedicaba a otro tipo de intercambio por mi cuerpo y mis dones.

-Sin dudas con esto podéis pagar medio haren de esta casa de placer. ¿Qué necesitáis pues que ellas no os den? Porque me temo que el oro, aunque reluce al sol, no es lo único que llama mi interés.
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Re: Ayudando a Romeo y Julieta || Thomas Upcliff

Mensaje por Thomas Upcliff el Vie Jul 29, 2016 10:38 am

Pasados unos segundos de autoreflexión llegué a la misma conclusión, y era que no comprendía exactamente qué se me había pasado por la cabeza para comportarme de una forma tan espectacularmente vergonzante ― Vale, vale... ― dije ―. Vamos a calmarnos ― añadí, pensando muy detenidamente en lo que estaba ocurriendo. Me encontraba en esa situación en la que uno no está precisamente seguro de estar en un estado de total concentración; esa situación en la que sabes que puedes decir cualquier chorrada en el momento más inesperado porque sabes que estás más borracho que el desgraciado que duerme entre los cerdos junto a la taberna... ¿pero era aquello posible? Había bebido tan sólo un par de tragos de ron en el barco y mi aguante era bien conocido entre mis marineros. En ese momento, como una imagen fugaz pero llena de claridad se me pasó por la mente la razón de mis apuros.

Hijos de p-... ― mascullé, alzando la mirada mientras me mesaba la barbilla y observaba a la mujer. No, no era nada apropiado usar allí aquella palabra ―. ¿Sabéis esa sensación que tiene uno cuando no sabe exactamente a quién matar de entre una multitud de compañeros? Algo así se me está pasando por la cabeza en estos momentos ― aseguré, más hablando para mí que para ella. Estaba seguro de que aquellos desgraciados cabezas huecas me habían cambiado el ron y me habían dado alguna porquería de Desembarco del Rey y que por eso estaba así. Fruncí el ceño y suspiré lenta y apaciblemente. Me detuve algunos segundos para pensar y miré fijamente a la mujer, afilando la mirada.

Lo cierto es que el cuento de fantasía os tiene que importar más bien poco ― dije, esta vez forzando un tono mucho más serio y tajante, aunque no alejado de mi sátira natural. Me giré unos pocos grados para mirar al matón que tenía tras de mi y volví a sonreírle con absoluta impunidad, volviendo la vista hacia la mujer ―. Mi propuesta es bastante sencilla. Necesito que hagáis uso de vuestras más que entrenadas habilidades con un hombre con quien tengo una disputa que tampoco os importa de momento. ¿El objetivo? Necesito que hagáis que el susodicho se encapriche de vuestras... ― hice una pausa, pensando bien en lo que iba a decir ―... ¿dotes? ― dije ― La idea es que estando con vos piense más con otra parte que con la cabeza y se olvide de que tiene un deber para con sus tierras, y para un trabajo de tal importancia no puedo contratar a cualquier, con perdón, mujer alegre que me encuentre por ahí ― expliqué, mirando entonces hacia la bolsa de oro y la señalé ―. Eso podéis tomároslo como un pequeño anticipo si aceptáis escucharme con más calma. Os esperan muchas más y de mayor tamaño, por lo que creo que se trata de una oferta razonable. Si con eso pago a la mitad de vuestras mujeres, con más y en mayor cantidad creo que podría empezar a pensar en comprar vuestro interés y acordar un encuentro más formal si le place, si es que ahora está ocupada con sus... ― miré alrededor ― asuntos financieros ― concluí.

Si con aquello no lograba captar su interés no habría mucho más que hacer y me tocaría abrirme de aquel sitio antes de que aquel calvo desgraciado mirase caer el último grano de arena con más satisfacción de la recomendada. La batalla podía estar perdida pero la guerra distaba mucho de encontrarse en la misma tesitura y, de ser necesario, estaba seguro de que había muchas formas de llamar la atención de mi interlocutora.
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Re: Ayudando a Romeo y Julieta || Thomas Upcliff

Mensaje por Anath de Lys el Sáb Jul 30, 2016 11:14 pm

Sus comentarios sobre unos compañeros desconocidos solo me hicieron poner los ojos en blanco, pues parecía que el joven nunca iría directo al grano y esto me ponía de los nervios, aunque no demostrase que estuviese perdiendo la paciencia.

-¿De fantasía? No vi el componente fantástico, a no ser que aparezca un dragón que se coma a la chica que causa el problema. Sería un giro argumental delicioso- bromeé con malicia en la mirada.

Al menos con eso y la latente amenaza de la paliza por parte de mis trabajadores logré que el hombre fuese al grano y dijese lo que quería de mi a las claras. Que los nobles me solían contratar no era un misterio, que muchos se encaprichaban de mi era de adivinar. Pero nunca me habían contratado para que uno quedase prendado de mi... Debía admitir que el joven estaba haciendo una jugada inteligente, solo que podría salirle mal.

-Lo que me hace preguntar ¿Qué sería de vos y de mi si dicho noble descubre la treta? Seguro no se siente muy feliz con ello- dije con tranquilidad, aunque enojar a un noble manipulándolo podía ser de todo menos motivo de tranquilidad. Lo que yo no quería eran enemistades y menos, de gente con poder, apellido y dinero. Todo lo necesario para hundir a alguien en Poniente.- Ya os dije que el oro no me interesa, podéis prometerme todo el contenido de las minas Lannister y seguiré diciendo que no es bastante para ganar mi interés en la oferta. Mirad este sitio, ¿creéis que nos faltan las monedas? Vivo mejor que muchos nobles de menor rango- presumí sin pudor, con naturalidad, pues era la realidad.- Mi precio es sabido en esta ciudad- hice un gesto con la mano para que mis hombres saliesen y cerraran la puerta, era obvio que se quedarían tras ella pendientes de todo. En el reloj quedaban pocos granos por caer.- Mi precio es la información, mi querido visitante. Así que más os vale contar la historia al completo y decirme algo que me interese. Si lo que me contáis es interesante y cumple con el precio que fijo, tenéis mi palabra de que ese noble suspirará mi nombre en su lecho de muerte luego de una vida añorándome.

¿Yo? ¿Humilde? Nunca.
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Re: Ayudando a Romeo y Julieta || Thomas Upcliff

Mensaje por Thomas Upcliff el Jue Ago 04, 2016 1:49 pm

¿Iban entonces a ir por allí los disparos? ¿Información? No tenía muy claro si era a causa del licor barato o simplemente de las palabras de la mujer que no pude evitar esbozar una suave sonrisa jactanciosa. ¿A quién no le gustaba el oro, le sobrase o no? No me tragaba que simplemente con cuatro palabras interesantes fuese a captar a aquella mujer y tampoco esperaba por ello que se me fuese a devolver mi preciado oro, pero al menos respiré hondo, relativamente aliviado ante la perspectiva de quedarse a solas con mi oyente. No es que me amedrentase la presencia de aquellos guardas -pues le había pateado el culo a hombres mucho mayores-, pero sí que me distraía su presencia, y las distracciones eran algo que no solía tolerar... por lo que hacer negocios en un lugar lleno de buenos escotes y alguna que otra entrepierna al aire resultaba, cuanto menos, difícil y agobiante, por lo que agradecía la intimidad pese a la también notable distracción que suponía aquella mujer.

Caminé un par de pasos y me giré, observando a mi alrededor mientras me acercaba de espaldas hacia una de las sillas ― . ¿Puedo sentarme? ― pregunté, y sin esperar respuesta hice lo propio y tomé asiento, sacándome de la faltriquera una manzana y dándole un buen mordisco, observando con detenimiento a la hembra tras la mesa.

¿Y sólo buscáis eso? ¿información interesante? ― pregunté ― Por qué será que me suena a chiste ― añadí, aunque estaba claro que si quería que me hiciese caso tendría que jugar todas mis cartas y esperar que le resultasen 'interesantes' ―. ¿Y qué decís de nuestro futuro en caso de que se descubriese todo? Creía que venía buscando vuestros servicios esperando ciertas garantías... ― respondí, dándole otro buen mordisco a la manzana, cruzando las piernas ―. Decidme, ¿qué creéis que ocurre cuando cabreáis a un noble? Estoy seguro de que si lográis hacer vuestro trabajo, mi hermano sería tan imbécil que os perdonaría cualquier afrenta ― dije, esperando que aquello la tranquilizase. Conocía a Willem, al menos en cierto sentido, y sabía hasta qué punto llegaban su necedad y sus intenciones. A lo mejor no lo conocía tan bien y le cortaba la cabeza a aquella mujer si la descubría, pero... ¿dónde estaba la gracia si se supiese todo con totalidad y exactitud?

Acaricié la superficie de madera del reposabrazos de la silla con la mano libre, realizando un suave movimiento en abanico con los dedos sobre ella ―. Mi nombre es Thomas ― me presenté finalmente. Quería centrarme e ir el grano cuanto antes ahora que contaba con su atención y sólo podía hacerlo si iba al grano. Debía recordar por qué estaba allí y por qué estaba recurriendo a aquella mujer. Debía recordar lo que mi hermano pretendía hacer.

Aquel golpe me había causado la más dolorosa de las heridas de mi vida. Amaba a aquella mujer y sabía que si en sus manos estase se casaría conmigo... ¿pero qué va a decirle su padre al Señor de la Bruja? 'Lo siento, pero mi niña está enamorada del inútil de vuestro hermano'. No, si Willem descubría que quería aquella chica, estaba seguro de que su maldito odio fraternal lo empujaría a redoblar sus esfuerzos en arrebatármela con tal de hacerme infeliz y de quitarme lo único que me importaba en aquella miserable vida.

He viajado mucho. He estado en lugares que probablemente ni sepáis que existen y conocido a muchas personas... pero quien nos interesa ahora mismo es cierto hombre que conocí en Essos ― comencé, deslizando la yema del dedo índice por el filo de la mesa, arrastrando cada mota de polvo que pudiese haber ―. Qué curioso. ¿Sabías la de casualidades que hay en este mundo... y la de vueltas que da la vida? Lo conocí en un antro de mala muerte durante una recalada y si bien estaba más borracho que una cuba, recuerdo perfectamente lo que me contó ― continué ―. Me habló de sus negocios... y de cierta esclava que en su día se la jugó pero bien. Una historia muy sórdida, ¿sabéis? Estuve a punto de tirarle el contenido de mi jarra encima y largarme hasta que me dijo quién era esa mujer. Claro, un hombre como yo, que vive de su ingenio, debe estar atento a todas las oportunidades que le surgen.

No podía hacer un movimiento arriesgado. Mi vida dependía del resultado de aquella conversación ―. No sé si vais viendo por dónde se encajan los hilos...
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