Ambientación
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Nos encontramos en el año 129, en el apogeo del poder de la casa Targaryen. Los Targaryen son numerosos al igual que sus dragones lo cual ha provocado que su hegemonía no tenga discusión por parte de las casas inferiores, no obstante, ese mismo poder puede hacer que la casa reinante se devore a si misma, o eso es lo que los rumores dicen. Las demás casas luchan por conseguir el favor de la casa real, algunas con mayor éxito que otras. Sin duda la casa que más ha logrado trepar ha sido la casa Hightower quien ha hundido sus colmillos fuertemente en la corte del rey y no parece dispuesta a aflojar, algo que molesta bastante a los Velaryon, la otra rama de la familia real, los cuales también arañan por tratar de llegar a la cima después de que el trono les fuera arrebatado en el concilio del año 101. Estas luchas se han intensificado recientemente ya que el rey Viserys está enfermo y cada vez más débil, se dice que no vivirá mucho más lo cual ha creado un ambiente tenso en los seis reinos que conforman el trono de hierro. El gran temor es que la unificación realizada por Aegon el conquistador sea destejida por sus descendientes y que Poniente arda. Dorne permanece independiente e inconquistable, hazaña de la que todos los dornienses se sienten orgullosos, especialmente los Uller los cuales derribaron a Meraxes tiempo atrás.

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La rosa que tenía espinas [Evelynn Tyrell]

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La rosa que tenía espinas [Evelynn Tyrell]

Mensaje por Artorias Rowan el Dom Jul 03, 2016 4:37 am

El viaje había sido largo, pese a que el camino de las rosas era más llevadero que otros lugares, la carga de ir con una caravana siempre les detenía. Los carros que se quedaban atrapados en algunos charcos de lodos, cambio de caballos para no agotarlos, descansos para comer, descansos para ver el paisaje. Al menos habían salido con tiempo, por lo que llegaron a Desembarco del Rey en el momento adecuado, un par de días antes.

La caravana Tyrell encabezó todo el viaje, no era de menos que lo hicieran en Desembarco, luego de que una comitiva por parte de la casa reinante los recibiera y los guiara hacia donde podrían alojarse. Las Tyrell y sus guardias se quedarían en la gran Fortaleza Roja, hasta allí fue donde Artorias llegó, a ver aquella maravilla de la arquitectura. Era enorme, Sotodeoro igual era imponente, pero aquella fortaleza podía hacer temblar a cualquiera. Tal vez sería por el hecho de que, a lo lejos, se podían oír dragones, posiblemente en aquel gran domo donde se los guardaba. Aquellas bestias le llamaban la atención al Rowan y podía llegar a entender el por qué los Targaryen conquistaron tan velozmente todo el Poniente. Su espada no le serviría de nada contra un dragón que volaba incluso más alto que la misma fortaleza, ni siquiera las flechas de sus hombres le servirían para derribarlo.

Observó el estandarte de los Tyrell alejarse, luego de que bajara la mirada del cielo, esperando encontrar alas gigantes, al final solo encontró la cola de un carruaje que se encaminaba hacia la fortaleza. El joven dio vuelta su caballo y ordenó a sus hombres seguirle. Levantarían campamento en las afueras.
Levantar una tienda enorme no era tarea fácil, por suerte había mercaderes que ofrecían las suyas y Artorias no tuvo que traer más que gente a caballo, sin carretas ni nada. Sus hombres, junto a los del mercader, levantaron la tienda. Era de un tamaño importante y lo único que le faltó fue poner el estandarte de la casa Rowan en el palo más alto para luego, más abajo, poner el estandarte de los Caballeros de Gwyn que era igual al de la casa Rowan solo que con un fondo negro en vez de blanco.

Artorias supervisó el levantamiento de la tienda, más no se quedaría a esperar a que sus guardias bajaran todo. Pagó lo que debía pagar y dio vuelta su caballo de nuevo hacia las entrañas de la ciudad, solo, pues no necesitaba protección. No tuvo ni tiempo de quitarse su armadura, por lo que aún la llevaba, junto a su fiel espada. Eso le sería suficiente para defenderse de cualquier pequeño inconveniente que pudiera llegar a surgir.
Los pasos de su caballo le llevaron hasta el Septo de Baelor, era la torre más alta que podía ver desde donde había entrado, por lo que hasta allí llegó. Antes de llegar a la plaza, dejó el caballo en una empalizada cercana que era custodiada por un muchacho, le pagó para que le diera de comer al caballo y lo vigilara.

Una vez a pie, caminó por la plaza frontal del septo que daba hasta las escaleras del mismo. Algunos guardias le observaban por ir vestido como iba, no le importó en lo absoluto.
Subió uno a uno los escalones, pasando entre la poca gente que se encontraba aquella vez, algunos vestidos con ropas finas, otros más harapientos, los dioses a todos los recibían.
O eso creía. Al llegar a la enorme entrada, la puerta estaba abierta de par en par y un par de guaridas estaban vigilando la entrada, viendo a quien permitían pasar y a quien no. Tal vez era una medida por el río de gente que se acercaba a Desembarco aquella vez y, dentro, podía haber ciertos tesoros propios de los siete ídolos o cualquier cosa minuciosa que a ojos de otra persona podría valer algo de dinero y, a ojos de un creyente, podía valer mucho más.
-Ser Artorias Rowan, de la casa Rowan de Sotodeoro. – Se presentó ante los guardias que se acercaban a él, justo antes de que ellos pudieran decir algo. Ambos se miraron y se hicieron a un lado, aún sin decir nada. Era claro que el paso estaba libre.

Pasó el umbral y todo parecía más místico de lo que esperaba, los ventanales con imágenes fantásticas eran atravesados por la luz del sol e iluminaban todo de forma muy hermosa. Los siete ídolos allí estaban, esperando, expectantes de todos aquellos fieles siervos que quieran su bendición. Artorias nunca fue muy devoto hasta el nivel de un fanatismo extremo, pero antes de una batalla le pedía al Guerrero que le de fuerzas, antes de despedirse de su padre le pedía al Padre que le protegiera, a la Doncella por su hermana y al Desconocido por que tuviera clemencia de él y sus hombres en su viaje.
Se quedó en silencio, como casi todos allí, en la entrada del lugar, unos pasos más adelante. Con las manos juntas en la espalda, el tener su armadura o le impedía aquello, mientras observaba las maravillas de ese lugar.

Artorias Rowan
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Re: La rosa que tenía espinas [Evelynn Tyrell]

Mensaje por Evelynn Tyrell el Lun Jul 04, 2016 8:10 am

Todo lo que quería hacer ese día era poder rezar en paz. Eve no estaba de humor para mucho más, luego de haber jugueteado con unos frascos de brebajes para nada medicinales que había traído en un cofre. Apenas le cedieron una habitación Eve se encerró con todo su equipaje, dando órdenes de que no la molestasen bajo ninguna circunstancia; corrió las cortinas, quedándose a oscuras a excepción de la llama de la chimenea que ella misma había encendido.

Pasadas las horas Eve yacía arrodillada sobre un caldero en el que tenía mezclado hierbas, pociones que había llevado en un frasquito, y sangre. En el ambiente estaba impregnado un aroma dulce, que rayaba en lo nauseabundo, mientras Eve decía unas palabras en una lengua extraña, sibilante. Cogió el caldero para echar su contenido, que era más bien poco, en el fuego de la chimenea, que rugió con un color escarlata muy vivido antes de volver a su estado normal. La pelirroja tenía manchas rojas por su casto rostro cuando se arrodilló ante el fuego, observándolo con ojos que demostraban adoración, pero volvió en sí al notar lo que le escocía el antebrazo. El alma se le cayó a los pies cuando notó que ahí yacía una cortada. Leve, pero notoria, y sangrante.

Cogió todos los frascos vacíos, ordenándolos en el baúl de viaje que llevaba aparte. Llamó a las criadas mientras se envolvía la herida en una tela oscura, pidiendo que preparasen su baño, pues pronto iba a salir de allí al Septo y quería estar lo más pulcra posible. Si la servidumbre notó las manchas que Evelynn lucía en sus ropajes, rostro y manos, no lo dijeron, pues entraron y salieron con la cabeza gacha y sólo le dirigieron la palabra tan pronto estuvo lista la bañera. Entonces dejó que tallaran su piel apenas se hubo sumergido en las aguas tibias, que peinaran su cabello, y sacaran de su cuerpo todo rastro de sustancias raras, sangre incluso. Ordenó a una criada, la de manos más suaves, que limpiase su corte en el antebrazo y lo vendase con tiras. La muchacha le cubrió toda la herida con una crema extraña, que servía para cicatrizar y escocía bastante, pero calmó sus pesares al poco tiempo. Cuando tocó vestir optó por un sencillo vestido lila, luciendo tan casta como la misma doncella. Se colocó una túnica de tela espesa con bordados de plata y cortes sutiles, todo para que cubriese sus brazos por completo, disimulando el desliz sufrido en el antebrazo.

Salir al septo no le tomó mucho tiempo. Había mucho ajetreo en la Fortaleza Roja, poca gente reparó en que la menor de los Tyrell salía con una comitiva reducida a una ciudad peligrosa. Le cedieron un carruaje con el que se cruzó el Lecho de Pulgas hasta llegar a la cima de unas colinas, allí, majestuosamente, se erigía el Septo más hermoso que Evelynn hubiese visto, incluso más bonito que el de Altojardín. La pelirroja se deslumbró nada más bajar y subir las escaleras, con sus doncellas de compañía pisándole los talones, tan maravilladas como ellas.

El interior era igual de hermoso que el exterior. Prendió una vela a la Doncella tan pronto tuvo oportunidad y rezó en silencio, a sus oído sólo llegando el murmullo de los otros que estaban bajo el mismo techo que ella. Se arrodilló, y estuvo así hasta que advirtió que la vela se había apagado. Esa era la señal que la deidad le daba a sus peticiones. Con los labios fruncidos, Eve se puso de pie, alisando la falda de su vestido. Una Septa la saludó con una cabezada tan pronto se la cruzó en su camino a ofrecerle otra vela al siguiente Dios, pero para ese momento, con el tubo de cera encendido y sobre una base que cogía con manos delicadas, la pelirroja se dio cuenta de que había alguien más, alguien conocido que también acudía ante la luz de los Siete para orar.

Evelynn se le acercó en silencio, y a su lado se detuvo, observando los detalles del mosaico de las ventanas y los acabados arquitectónicos de las columnas.

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Re: La rosa que tenía espinas [Evelynn Tyrell]

Mensaje por Artorias Rowan el Lun Jul 04, 2016 9:00 am

Sus pensamientos pasaban en las imágenes que esos mosaicos representaban, podrían llegar a ser las Siete deidades como así imágenes de hazañas de la fe que llevaron a cabo para llegar hasta esa magnificencia que ahora era la fe de los Siete y reinaba casi todas las regiones de Poniente.
Artorias se quedó en silencio aún, tanto que podía escuchar el murmurar de la gente allí, algunas septas y septones menores, tenía claro que el septo supremo tal vez no se encontrar en aquella estancia en ese momento, aunque de ser así le encantaría conocerlo.

Sus pensamientos no le dejaron ver mucho más de lo que tenía adelante, un error muy grave en un guerrero, porque no estar atento a tu alrededor podría ser la diferencia entre morir o vivir. Aunque, por alguna razón, en aquel lugar se sentía seguro, se sentía bajo un manto de paz que nada podría romper. Por suerte lo que irrumpió aquella concentración no nadie más que Evelynn Tyrell, de la casa regente a cual le servía vasallaje y, con orgullo, había escoltado hasta la ciudad, junto a otros nobles.
Artorias se giró velozmente al verle y, con una sonrisa ladina en su rostro, se inclinó en un muy cordial saludo, sacando sus manos de la espalda. – Lady Evelynn, dichosos son los ojos que la ven. – Admitió el joven, con total cortesía, aunque sin dejar de ser cierto. En aquella ocasión, Evelynn se encontraba particularmente espléndida. – Imagino que venís a rezar, mi lady. – Era obvio, no preguntaría que hacía allí, pues quedaría como un estúpido. – Sé que mis vestimentas no son apropiadas para escoltar a una bella dama como usted, pero ¿Me permite? – Artorias llevaba su armadura, no era una armadura muy pesada, de hecho era más ligera de lo que parecía y bastante apta para el movimiento, no le gustaba ir con un armatoste a la batalla que limitara sus movimientos. De todas formas, abrió su brazo para que Evelynn apoyara el suyo allí y pudieran caminar juntos hacia los otros ídolos que Evelynn visitaría.

Una vez llegaron al frente de la Madre, allí se detuvieron, lady Tyrell llevaba una vela en su mano. Le dio libertad de acercarse a ella y poder rezar en privacidad. El Guerrero estaba justo al lado de ella, y al lado del Guerero, el Desconocido.
Artorias se acercó al Guerrero e hincó una rodilla frente a él, como si un caballero se arrodillara ante otro para ser ungido, como si un hombre se arrodillara frente a un Rey para ofrecerle su espada. Allí, Artorias agachó la cabeza en aquella posición, pensando en todo lo que podía pedirle a aquella deidad, más intentó ser breve, tampoco llevaba una vela para ofrecerle, tampoco creía que un Guerrero quisiera una.
Una vez se puso de pie, se giró a mirar a lady Evelynn, ésta justo se estaba poniendo de pie también, acomodando su vestido. Artorias caminó a ella, con la mano apoyada en el pomo de su espada. Entonces notó algo muy raro en su brazo, su vestido era lila, pero en ese brazo llevaba un rojo que se oscurecía por la misma tela del vestido. Había visto eso antes, cientos de veces, sangre debajo de una tela. – Mi lady, su brazo… - Comentó alarmado en lo que se acercaba a ella, en voz baja si, tampoco quería llamar la atención de todo mundo. Era el brazo contrario al que había tomado él, por lo que ese daño no se lo podría haber causado por un roce de algún borde de su armadura.
Le vio preocupado, más no hizo preguntas al respecto. – Permítame. – Se atrevió a decir, mientras arrancaba parte del pañuelo azul que llevaba en el cuello, que era parte de la armadura. Luego lo rodeó, por encima de la tela que tenía, apretándolo un poco. – No se verá bien, pero eso al menos contendrá un poco la herida. – Le admitió, era una pena que tuviera que llevar ese cacho de tela rasgada por sobre tan bonito vestido.

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Re: La rosa que tenía espinas [Evelynn Tyrell]

Mensaje por Evelynn Tyrell el Mar Jul 05, 2016 5:51 am


Ser Artorias pronto notó su presencia. Era el hombre que había jurado servirle y protegerla ante las adversidades, un pilar de confianza, aunque no había cruzado muchas palabras con él. Evelynn sonrió cortésmente, inclinando su cabeza ante sus cumplidos. Por más egocéntrico que sonase estaba acostumbrada a ellos, era parte de su posición como lady de la casa Tyrell, al menos viniendo de parte de dominenses, más específicamente vasallos que quisiesen mantener buena relación con los señores feudales. Evelynn suspiró, observando el mosaico del Guerrero en la lejanía, aledaño al del Desconocido, a quien observó con ojos taciturnos.

Mi señor, alegráis a una servidora con vuestra presencia en este sacro lugar. Siempre me es reconfortante saber que un caballero sigue rindiendo culto a los Siete. — Aclaró con una voz neutral, lánguidamente educada. Una sonrisa que no llegó a sus ojos le dedicó—No os preocupéis. Ante la mirada del Guerrero sois un fiel soldado a sus servicios, y los Siete no juzgan a un feligrés que acude humildemente a dedicarle sus rezos. Sin importar lo que vista.

Allí se codeaba con gente del Lecho de Pulgas, campesinos, comerciantes, y nobles. Todos murmuraban a los Dioses sin reparar en la presencia de otros, era un sitio en el que se declaraba una pacífica neutralidad, en un día tan común y corriente como aquel. Por eso no se puso ropas ostentosas, no había necesidad de ufanarse por su rango cuando iba a suplicarle a los Siete por su salud y la de su familia. Evelynn aceptó el gesto de ser Rowan, con una reverencia.

Por supuesto, será un placer.

Caminó a su lado, su brazo izquierdo agarrado al derecho del caballero, que estaba enfundado en una fría armadura. La mano derecha aún tenía esa vela apoyada en una base labrada en acero bañado en oro, lista para ser depositada en un altar. El calor que despedía era reconfortante, y no le importó que la cera cayese en su piel, aunque causaba un malestar éste sólo duraba unos pocos segundos, nada que la pudiese incomodar demasiado. Cuando quedó cerca del altar de la Madre Evelynn le hizo un gesto a Artorias para excusarse, colocando la vela junto a muchas otras cuyas llamas aún danzaban con vitalidad, y en silencio rezó, arrodillándose, olvidándose de su estatus como noble y rindiéndose a los pies de una deidad como una sierva más.

Evelynn pasó varios minutos en sagrado silencio, hasta que le dolieron las rodillas. Se puso de pie, sacudiéndose la falda del vestido, y advirtiendo que ser Rowan se le acercaba con una expresión compungida en el rostro. Extrañada, Eve le miró con acuciante curiosidad, y algo pesado cayó en su estómago al notar la manera con la que señalaba la herida de su brazo. Había sangrado otra vez y, en esa ocasión, le manchó la manga de la túnica. No le gustó para nada, porque eso significaba que nunca más usaría ese atuendo.

Ser, no os preocupéis, no es nada. Esta mañana me he cortado con la botella de un perfume que se me cayó. Podéis sorprenderos de lo torpe que puedo llegar a ser a veces. —Se excusó, esbozando una dulce sonrisa avergonzada. El gesto de Artorias era galante, pero innecesario. Evelynn le devolvió su pañuelo con toda la delicadeza que le fue posible, abrazándose al brazo que estaba herido.

Vayámonos de aquí, mi señor, por favor. Tengo que sanarme esto antes de que se ponga peor. ¿Conocéis algún sitio en esta ciudad donde pueda atender mis heridas?

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Re: La rosa que tenía espinas [Evelynn Tyrell]

Mensaje por Artorias Rowan el Miér Jul 06, 2016 6:31 am

Su pañuelo fue rechazado, le entendía, tampoco era una herida muy grande, pero Artorias se veía algo preocupado por ello. La presión del pañuelo detendría la hemorragia lo suficiente, pero la forma en la que se lo tomaba igual cumpliría la misma función. Le fue fácil acomodar el pañuelo de nuevo en su lugar, en lo que pensaba en lo que Evelynn le había dicho. No conocía mucho Desembarco, pero donde había dejado a su caballo, al lado había una especie de taberna-posada, parecía decente, más no creí que fuera el lugar apropiado para que una Lady tratara una herida, para él sería ideal, pero no sabía cómo lo tomaría Evelynn. Luego pensó en un maestre, era lo que necesitaban para aquella tarea.

-Lo ideal sería buscar un maestre, el maestre de la Fortaleza Roja. –
Aunque estaba muy lejos. – No sé si por aquí cerca habrá alguno. Tal vez en el septo tengan a alguien que conozca. – Agregó mientras levantaba la cabeza a ver, con la esperanza de encontrarse a alguien con una sotana que no pareciera religiosa y una cadena en su cuello, sin tener éxito en su búsqueda.
Se quedó esperando la respuesta de la lady, aunque no tenía algo muy claro. Antes de que pasara más tiempo, él mismo se ofreció. – Por otro lado… Sé cómo tratar una herida menor, mi lady. – Dijo, aunque no sería lo apropiado o ideal, era una opción. – Le puedo ayudar con un vendaje pequeño hasta que pueda llegar a la Fortaleza y el maestre le haga un mejor tratamiento. – Más de una vez se tuvo que curar solo, incluso suturarse, y curar a compañeros de algunas cosas peores que eso, pero esa vez se trataba de una dama.

-Sea como fuere, mi lady, será mejor que salgamos. – Le dijo Artorias mientras le acompañaba a su lado, estaba al tanto de que Evelynn querría pasar desapercibida en aquel lugar por esa mancha en su vestido y esa herida, no eran propios de una dama y los ojos curiosos y chismosos estaban hasta en ese lugar sagrado, estaba seguro.
Por lo que intentó ser lo más disimulado que pudo hasta llegar a la salida. Sintió el aire libre en su rostro y por dentro de su armadura, que le refrescó satisfactoriamente, dentro hacía algo de calor. Los guardias de fuera les saludaron, seguramente fue porque iba a acompañado de Evelynn Tyrell, puesto que al principio por poco y no le dejaban pasar.
Se alejaron unos pasos de ellos hasta llegar casi a los primeros escalones para empezar a bajar. – Allí cerca hay una posada. – Dijo Artorias, señalando con la mirada. – Si no me equivoco, allí hay unos comerciantes, si encuentro una especie de planta, con apenas un poco de agua y sus hojas puedo hacerle un ungüento, mi lady, que le dejará le herida cerrada hasta llegar a la Fortaleza. – De nuevo, intentó ser lo más discreto que pudo con lady Tyrell, hablando con ella como si se tratara de una conversación totalmente normal entre un vasallo y una lady de la casa regente a la que le debía vasallaje. - La decisión es vuestra, mi lady -

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Re: La rosa que tenía espinas [Evelynn Tyrell]

Mensaje por Evelynn Tyrell el Jue Jul 07, 2016 6:05 am

Evelynn se le quedó mirando al caballero cuando soltó su idea. Estuvieron caminando hasta la salida del Septo y varias personas tuvieron la amabilidad de dedicarle saludos amables, pero ella estaba bastante sumida en otras cosas y no correspondió a ninguno de ellos. Sin duda era una acuciante desconfianza lo que brillaba en los verdes ojos de la pelirroja. No había visto ninguna de esas habilidades de Artorias en acción, ergo, no sabía a qué se enfrentaba si le decía que sí. Estaban muy lejos de la Fortaleza Roja, y si partían en ese momento podría llegar con una hemorragia mediana, pero demasiado notoria para disimularla entre el río de nobles. No la notaron al salir pero vaya que llamaría la atención ver a una joven dama herida de esa manera. Además, dudaba que el Gran Maestre pudiese estar tan ligero de responsabilidades. Hasta donde sabía había un Rey delicado de salud allá.

Mi señor —esbozó una sonrisa avergonzada, incluso las mejillas se le colorearon con un leve rubor—, agradezco vuestra excelente disposición. Pero creo que vais a entender si os digo que debería declinar a vuestra idea. Una dama de alta cuna no visita comercios ni posadas con un hombre a solas. Sé que vuestra intención es pura, pero aquí —sé acercó para susurrarle, aún abrazando el brazo herido—hay muchas miradas indiscretas que están observándonos fijamente. Si yo me encierro en un cuarto con vos, los rumores que surgirán serán terribles.

Evelynn sabía qué clase de cosas maliciosas podían decirse y estaba muy al tanto de quiénes podían estar allí. Así como había desperdigado informantes por la ciudad también otros nobles pudieron haberlo hecho. Lo peor que podían decir era que ya no fuese doncella, porque eso estropearía futuros acuerdos matrimoniales y mancillaría su pulcra imagen. No debía permitirse eso. En un arrebato de desesperación miró a Artorias con la disculpa brillando en sus ojos e hizo llamar a una de las doncellas que la acompañaba, quien rezaba aún en el Septo. La chiquilla salió con su mejor sonrisa, aunque al fruncir un poco el ceño se dio cuenta de que estaba confundida pues algo no iba bien.

Lori, querida, necesito un gran favor de tu parte. Usa esa sonrisita de damita inocente que tienes y búscame a algún Maestre en este Septo, o alguien que pueda ayudarme con una herida. Me quedaré aquí afuera con Ser Rowan, pero es importante que seas rápida, ¿de acuerdo? Hay que volver a la Fortaleza Roja antes de que caiga la noche.

Lori, una niña de pecas claras y abundante cabello castaño, la miró dubitativa, buscando algo que pudiese darle respuesta a las preguntas que tan claramente leía en su rostro. Evelynn esbozó una sonrisa tensa, actuando como si nada.

No te preocupes. Todo está bien. Sólo ve, y no respondas a las demás chicas si te preguntan qué está pasando.

No puso mucho más en duda cuando se fue. Eve suspiró, esa sonrisa muriendo en sus labios tan pronto Lori le dio la espalda. Estaba preocupada, tenía que admitirlo. Se acordaba para ese momento que fue imprudente al dejar que ese accidente ocurriese. Ese acero que abrió su piel no era uno normal. Estaba impregnado de energías negativas y tenía miedo de que impidiese la curación pronta.

¿Vais a participar en el Torneo, Ser? —Inquirió Evelynn, calmada, invitando a distraerse con ello.


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Re: La rosa que tenía espinas [Evelynn Tyrell]

Mensaje por Artorias Rowan el Jue Jul 07, 2016 6:48 am

El Rowan entendió enseguida lo que Evelynn quería decir, estaba tan preocupado por buscar una cura para aquella herida que no pensó en las consecuencias. Aunque él más que pensar en una habitación, pensaba hacerlo en la misma sala de la posada, donde habían varias mesas para comer y beber, alguna de ella estaban cubiertas con madera, que formaba una especie de cubículo, les daría cierta privacidad, pero tampoco una privacidad como para sospechar de algunas malas intenciones por ambos. Artorias pensó en comentárselo, pero no era el momento adecuado, estaba claro que Lady Tyrell tenía otra cosa en mente.
Cuando le mencionó lo de los ojos por todos lados, le quedó aún más claro que no sería apropiado, aunque así fueran sus guardias y sus doncellas, era mejor no arriesgarse a los rumores. Artorias no era de los que ponía ojos por la ciudad, pero sabía perfectamente que a muchos nobles le encantaban estar informados de todo.

Una de las doncellas fue llamada, se acercó a Evelynn y le fue dada la orden más prudente que tenían en su arsenal. Estaba seguro que habría un maestre en el Septo, por alguna u otra razón allí han de tratar heridas y si no era así, seguro algún otro maestre estaría por la ciudad. El Gran Maestre no era el único de Desembarco del Rey, el lugar era enorme, no podía serlo.
La pequeña muchacha partió hacia dentro del septo con gran prisa, alguna de las septas también tal vez sabrían sobre el tema, si aún era más extremo, alguna Hermana Silenciosa podría venir a tratar su pequeña herida, si bien se encargaban de los muertos, no le sorprendería que no pudiera tratar un vendaje, aunque sería incluso más bochornoso que el mismo Artorias se encargara de aquello.

La pregunta de Evelynn era clara que era para desviar la conversación, tal vez para distraerse del dolor de aquella herida. Aunque aún Artorias tenía sus dudas de cómo se lo había hecho, una botella, le dijo, aunque no le terminaba de cerrar… De igual forma no sería él quien indagara en cosas que no le incumbían por completo. Estaba seguro que si preguntaba, otra evasiva sería la respuesta.
El joven asintió, solo para intentar ayudarle aunque sea con eso. – Así es, mi lady, estaré en las justas. Mi padre me ha dicho que cuanto menos haga eso, no eran muchos mis ánimos por participar, a diferencia de muchos caballeros. – Admitió, sin ningún tipo de problemas. – La gloria prefiero conseguirla con otros actos y, creo, el valor de un hombre puede ser medido de otras formas mejores a esta. – Continuó aunque, para no sonar como un amargado. – Aunque, he de admitir, el entretenimiento que generan estos espectáculos siempre son llamativos. – Le dijo, al final, con una tranquila sonrisa en sus labios, entre aquellos vellos faciales que formaba su barba unida con su bigote, casi del mismo color que su cabello.

-Lady Evelynn, será mejor que nos movamos de aquí, esperar a un lado en la sombra. – Le sugirió, puesto que estaban parados en la entrada, parecían un bello florero en medio de una mesa vulgar, llamarían la atención aunque no lo quisieran. Y, aun lado de las escaleras, era algo más discreto y el sol se posicionaba de tal forma que un edificio cercano daba la sombra en aquel lugar.

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Re: La rosa que tenía espinas [Evelynn Tyrell]

Mensaje por Evelynn Tyrell el Vie Jul 15, 2016 5:44 am

Evelynn contaba mentalmente los segundos, preocupada por la idea de que la joven muchacha que había enviado para buscar ayuda tardase demasiado. Permaneció cortés y se interesó bastante por lo que le decía Artorias. Se la veía feliz, pues el hecho de que al menos un dominense estuviese representando en un evento era bastante para ella. Lo sería, aún más, si ganase. Evelynn le regaló una dulce sonrisa al caballero. Artorias era, sin duda, el hombre ideal por el cual una inocente doncella suspiraría enamorada. Lástima que ese no era su caso.

Bueno, me hace ilusión saber eso, mi señor. Sé que un hombre de vuestra talla será una competencia formidable en las justas. —Comentó Eve, sincera. Ella cedió a su consejo, pero en su fuero interno consideró tanto cuidado inútil. En las sombras o fuera de éstas, ya ella había sido avistada en el Septo y quien tuviese ojos sagaces se daría cuenta de su presencia, así estuviese escondida. Sin embargo, no deseaba ser antipática con Artorias, negándose a sus sugerencias, así que le dejó hacer y caminó con toda calma hacia donde el caballero indicaba. Una vez allí se abrazó más al brazo, ansiosa porque los demás no viesen la sangre teñir la tela. No era buena imagen la que ofrecía una doncella con el líquido escarlata mancillando su pulcro vestir. Evelynn estudió con sus verdes ojos el panorama, todo parecía tan tranquilo como, pensaba ella, debía serlo en su rutina diaria.

De pronto se le ocurrió una idea. En un arrebato de gentileza Evelynn se fijó en Arotiras, esbozando, de nuevo, una sonrisa, luminosa e inocente. La pelirroja habló antes de que su caballero dominense se extrañase con su comportamiento:

En cuanto salga de esto me gustaría ofreceros mi prenda, mi señor. Para daros suerte al justar. —Añadió, un comentario que señalaba lo obvio, cosa rara en ella, probablemente se debía a la punzada de timidez y levísima inseguridad, no acostumbraba a hacer eso. Era la clase de cosas en la que Anna tenía experiencia, pero ella no.

Antes de que pudiese recibir una respuesta arribó la chiquilla que era su dama de compañía, sonriente. Detrás de ella había una septa, Evelynn notó la curiosidad que dominaba sus ojos. Ella anunció, muy orgullosa, que logró con su cometido, y la pelirroja la excusó con amabilidad para que pudiese seguir rezando junto a las otras muchachas. Tanto tiempo ausente quizás hubiese levantado sospechas. La septa se dirigió directamente a Evelynn, con preocupación, mientras ésta última actuaba dócil, y dulce como la miel.

… Un accidente torpe, muy torpe, y dudo que pueda llegar a la Fortaleza Roja así… —Explicaba la lozana Tyrell, un poco cabizbaja ante la perspectiva de parecer inútil ante la mujer que con tanta osadía la estudiaba, como si nunca antes en su vida hubiese presenciado a una noble pedirle ayuda. Claro que Evelynn sólo pretendía sentir esas emociones, porque su yo real estaba sumamente irritada, detestaba tener que dejar el orgullo por el suelo de ese modo y más aún de ese modo. La septa accedió, indicándole que debía acompañarla a las habitaciones bajo el Septo, en donde un Maestre le aguardaba. Casi le cambió la cara al darse cuenta de que acababa de explicarle todo con detalle a una simple emisaria. Pero en vez de fulminar con la mirada a la mujer sonrió con sencillez y alegría— Muchas gracias. ¿Podría Ser Rowan acompañarme? Tiene asignado protegerme, y hacerme compañía. —Dijo Eve, amablemente. La septa simplemente asintió antes de ponerse en marcha.

Evelynn miró de reojo a Artorias y le hizo un gesto para infundirle serenidad. Todo iba a ir bien, a pesar de que esa caminata le causaba cierto desasosiego, como si estuviese marchando hacia un juicio. La septa se detuvo ante una puerta, anunciando que en el otro lado les esperaba el Maestre Bartimos. La puerta se le fue abierta, ella cruzando el umbral para dar con una habitación pequeña y sencilla, pero sorprendentemente cálida. Evelynn hizo una reverencia ante el anciano, que caminaba encorvado y tenía una mirada amigable.

Oh, os agradezco tanto haber accedido. Por un momento creí que iba a desangrarme camino a la Fortaleza Roja, Maestre. —Sonrió la pelirroja, sentándose en donde el anciano le indicó.



Evelynn Tyrell
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Re: La rosa que tenía espinas [Evelynn Tyrell]

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