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Nos encontramos en el año 129, en el apogeo del poder de la casa Targaryen. Los Targaryen son numerosos al igual que sus dragones lo cual ha provocado que su hegemonía no tenga discusión por parte de las casas inferiores, no obstante, ese mismo poder puede hacer que la casa reinante se devore a si misma, o eso es lo que los rumores dicen. Las demás casas luchan por conseguir el favor de la casa real, algunas con mayor éxito que otras. Sin duda la casa que más ha logrado trepar ha sido la casa Hightower quien ha hundido sus colmillos fuertemente en la corte del rey y no parece dispuesta a aflojar, algo que molesta bastante a los Velaryon, la otra rama de la familia real, los cuales también arañan por tratar de llegar a la cima después de que el trono les fuera arrebatado en el concilio del año 101. Estas luchas se han intensificado recientemente ya que el rey Viserys está enfermo y cada vez más débil, se dice que no vivirá mucho más lo cual ha creado un ambiente tenso en los seis reinos que conforman el trono de hierro. El gran temor es que la unificación realizada por Aegon el conquistador sea destejida por sus descendientes y que Poniente arda. Dorne permanece independiente e inconquistable, hazaña de la que todos los dornienses se sienten orgullosos, especialmente los Uller los cuales derribaron a Meraxes tiempo atrás.

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El mundo está lleno de casualidades | Privado

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El mundo está lleno de casualidades | Privado

Mensaje por Amira Jordayne el Jue Jun 30, 2016 7:46 pm

Aquella ciudad pestilente era, posiblemente, la que menos le gustaba de todo Poniente. El horrible contraste de riqueza y pobreza tan cercano sólo hacía resaltar la indiferencia con la que sus gobernantes miraban a su pueblo. Ahí no había un deseo de bien mayor, sino sólo un anhelo por su propio bien, uno ganado a base del miedo ajeno y del poder que aquellos animales alados le brindaban. Esa seguridad que se exhibía en estatuas de oro y sonrisas falsas era lo que más molestaba a aquella mujer oriunda de una isla al final del continente. En su sitio, donde ella llevaba en alto el nombre de señora de la Isla de Tor, las personas más necesitadas eran tratadas con dignidad y respeto. Se les daba una oportunidad propia de su alcance, y se esperaba que con las herramientas entregadas pudiesen erigir su propio futuro.

Era una tarde fresca donde la brisa marina golpeaba el perfil de la joven Dorniense. Ataviada en un vestido de medio largo, blanco y de lino, no reflejaba quizás la grandeza de una cuna noble, ni de sus enseñanzas ni la huella de sus múltiples viajes por alta mar, donde tanto habían visto sus ojos oscuros, herencia materna. En su cinturón dorado llevaba colgada una espada, más como adorno que como inclinada a querer usarla, y su cabello iba recogido en una trenza voluminosa que dejaba despejado su cuello del cual colgaba un delicado collar dorado como el único adorno que consideraba necesario.

Estaba con cara al mar, ese mar que le encantaba y que respetaba a partes igual, el mar que evocaba el nombre hogar, ya que su isla no veía más límite que aquellas olas. Aunque ahí el mar tenía un color más oscuro y profundo, seguía trayendo consigo el aroma a sal y el cántico que se desplegaba hasta los confines del mundo conocido. Había salido desde su campamento en la zona de Dornienses hacia aquel lugar. No había llevado guardianes consigo pues estaba acostumbrada a cuidarse sola.

Bajo el cielo teñido de rojo por la cercanía del atardecer, el recuerdo al fuego que las nubes pintaban, más rosadas en ciertos puntos, le hicieron bajar el rostro hacia los navíos de los más variados lugares que se encontraban ahí, peligrosamente quietos. Velas de colores y banderas con escudos de distintas zonas. No le fue extraño reconocer el escudo de los Farman, ni el de los Redwyne, cuyos emblemas se alzaban en el horizonte en el mástil de un par de embarcaciones. Conocía aquellos puertos como también conocía muchos otros. Había ido en compañía de su padre o sola, promoviendo el comercio de su casa y también el enlace que tenía con la ciudad de Meereen. Con una sonrisa nostálgica en sus labios ante aquellos recuerdos, no estuvo atenta al hombre que caminaba tras ella. De pronto, y sin que llegase a reaccionar de inmediato, el sigilo de una mano experta en ese tipo de actos, tiró de la delicada cadena que llevaba en su cuello y la rompió, echándose a correr por el puerto con la velocidad de quien sabe donde esconderse.

Amira se giró con la velocidad que sus reflejos le brindaban. Sintió el ardor en su cuello por la fuerza del tirón de aquel robo, y sin pensarlo dos veces corrió tras el ladronzuelo de pies ágiles y cuerpo enjuto. Con voz clara y firme gritó-. ¡Ladrón!- esperando que quizás la guardia que por ahí rondara fuese advertida del peligro de ese ingenieoso atacante. Sin embargo, no fue un guardia quien pareció detenerlo. A una manzana de distancia, entre tiendas de mercancía marina, una espalda, un hombre y una amenaza fue lo único capaz de detener la veloz carrera del ladrón. La joven de oscuros cabellos se acercó y miró a quien la había ayudado. No había sonrisa en sus labios, pero sí un sincero-. Gracias-. salió de ellos. Observó la mano del ladrón y vio como de ella aún colgaba la cadena con la plumilla dorada, signo de su hogar-. Eso es mío- declaró, quitándosela con toda autoridad de quien reconoce algo como propio.
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Re: El mundo está lleno de casualidades | Privado

Mensaje por Fenrys Tarly el Vie Jul 01, 2016 12:15 am

No eran días buenos para Fenrys, su sueño se había interrumpido constantemente una y otra vez hasta hacerle levantarse al alba para ver a los dragones volando cerca de la ciudad, a veces imaginando que tenía una balista preparada, en otras imaginando que podía controlar los cielos y derribarlos con sus deseos, pero siempre terminaba por abandonar sus ensoñaciones y volver a la cama, tan solo para dormitar, tener pesadillas respecto a Dalilah siendo comida por aquella bestia alada y despertando sudando con la furia entre sus puños cerrados. ¿Cuántos años habían pasado desde ese incidente?, más de la edad que ahora poseía Altair, en ocasiones aquel tema era un punto de discusión con Ilirea, pues a final de cuentas ella siendo ahora su esposa y mujer sentía que Fenrys no lograba superar la muerte de su anterior esposa, ¿pero cómo hacerlo?, para todos era muy fácil decir que debía olvidar, pero ninguno estuvo allí para ver como él las fauces de esa bestia llevándose a su esposa y a su futuro hijo o hija no nato, ninguno de ellos tuvo que hacer una tumba sin cuerpo, ninguno de ellos tuvo que ver crecer a sus hijas sin una madre, preguntándole llegadas a la edad suficiente porque su madre estaba muerta, ninguno de ellos tuvo que decirles… “Porque era demasiado débil para protegerla”.

Por esa misma razón Fenrys no podía aceptar que los Targaryen dominasen al reino entero, porque no eran ellos los que reinaban sino el miedo a los dragones, a las bestias aladas que escupían fuego, a esas bestias estúpidas que deberían morir. El odio y la venganza llegaba a consumir a Tarly en muchas ocasiones, pero nadie lo entendía, jamás comprendían que se trataba de un hecho de honor, de una afrenta a la vida de las personas, los dragones no tenían leyes, los Targaryen se congraciaban de su fuerza para someter a todos a su voluntad, ¿esos eran verdaderos reyes?, no…eran canallas, cobardes ocultos tras bestias, pero un día se iban a cobrar todas las deudas pendientes, Fenrys tenía la suya y la misma habitaba en el Dominio, llevaba años preparándose para encararla con toda su fuerza, gente cercana a él que había sufrido por la bestia estaba dispuesta a seguirle en una cacería como nunca se había visto, solo necesitaba esperar a finalizar el torneo y entonces su promesa a Dalilah sería cumplida, por su honor, por su nombre, por su anterior esposa.

En todo el día se había mantenido en su campamento, aunque al final toda la familia le convenció de ir a la ciudad para comprar cosas, pronto como siempre tomaron cada cual su rumbo sabiendo que al anochecer deberían juntarse en la tienda, así, Tarly se quedó solo vagando sin importarle nada de lo que acontecía a su alrededor de esa pútrida ciudad, llena de habitantes inocentes subyugados al mandato de los dragones. Desembarco del rey era la fiel representación de una ciudad de fantasía, pues aunque todo parecía hermoso, al final si se exploraba en el lugar adecuado se podía ver la carencia, el hambre, la necesidad, Colina Cuerno distaba mucho de ser tan magnifica como aquella, pero al menos habían logrado prosperar, la ciudadanía podía subsistir y el robo era muy escaso, la gente se comprometía a defender sus tierras, quizás eso era lo único bueno de vivir luchando por el dominio de las Marcas…que al final la población comprendía que el oro podía ir y venir, pero la lealtad a una causa, el apoyo entre los mismos, eso era algo que ninguna moneda sería capaz de comprar.

Una voz femenina suficientemente alta le hizo espabilar y pudo ver a un hombre siendo perseguido por una mujer, desde luego, Fenrys no llevaba arma alguna, no creía necesitarla en una ciudad repleta de guardias, por ende, cuando el hombre estuvo a su alcance simplemente le dio un golpe fuerte haciéndole caer al suelo y posterior a ello colocó un pie en su pecho para someterlo a no levantarse. No pasó mucho para que la bella mujer llegase junto a algunos guardias que lo tomaron en custodia y se lo llevaron, seguro lo meterían a una mazmorra o algo similar, en Colina Cuerno el robo estaba penado hasta con la muerte, una medida que muchos consideraban barbárica, pero que había resultado tremendamente eficaz a lo largo de los años, tanto que un ladrón prefería pedir trabajo que arriesgarse a robar. –Me alegra haberte ayudado- respondió Fenrys en un tonto neutro, sin mostrarse rudo o amable –Deberías tener cuidado, una mujer hermosa en Desembarco seguro es blanco de ladrones y de algo más- algunos pensarían que estaba coqueteando con ella, pero era simplemente la forma en que Tarly se comportaba, no se guardaba sus opiniones y lo que decía era la verdad, aquella era una mujer bastante bella, aunque notablemente no oriunda de ahí –Supongo que vienes al torneo, no tienes pinta de vivir aquí-.
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Re: El mundo está lleno de casualidades | Privado

Mensaje por Amira Jordayne el Miér Jul 13, 2016 5:03 pm

Entre el tumulto de gente que deambulaba en aquel mercado, para Amira fue difícil observar cómo se dieron las cosas. Desde aquella distancia y mientras corría tras el ladrón que pretendía, tarde o temprano, acorralar, sus ojos se posaron en la figura de un hombre que detuvo al ladronzuelo y que fue capaz de detenerlo en el suelo, lugar donde lo encontró cuando finalmente llegó a su lado. Con su respiración levemente agitada y las mejillas sonrosadas por la intensa carrera, Amira lanzó una mirada al ladrón de cuyo labio corría un hilo de sangre. Entre los pies y la mugre se veía menos altanero de lo que había visto en él cuando corría tras su espalda. No debía ser primera vez que lo alcanzaban, y aunque en sus ojo había miedo, no parecía que habría súplica alguna por salir de ahí.

Junto a ella se acercaron dos guardias de la ciudad. Tomaron al ladrón por los brazos y se lo llevaron dando sus disculpas y agradeciendo al hombre que tan amablemente lo había detenido. Amira, ya con lo robado en sus manos, aceptó las disculpas con la solemnidad de una inclinación de cabeza. Tras ello posó su mirada en el señor, caballero quizás, noble de todas maneras, que le había ayudado.

- Pensé que una espada era suficiente para atemorizar ladrones. Pero en la capital nada parece suficiente- respondió señalando el arma que caía desde el cinto de su cadera. Era una espada larga, de mango plateado con una inscripción difícil de leer si no se estaba del todo cerca. La espada que le habían regalado cuando todo indicada que sería la única heredera de sus tierras, pues su madre era incapaz de dar a luz niños sanos y sólo ella había sobrevivido a la fantástica tarea de nacer y crecer sin que nada le sucediese. Sus dedos acariciaron el pomo de su espada en un acto reflejo lento y dedicado. La llevaba, a decir verdad, sin verdadera intención de utilizarla en la ciudad. Mas ahora veía que en Desembarco del Rey nunca se sabía cuando una espada sería requerida. Los peligros de una ciudad como tal eran mucho mayores a lo que podían ser en su hermosa ciudad a la orilla del mar de Dorne.

- No, no podría ser de acá- confirmó, y al decirlo no pudo esconder el descontento que sentía por esa ciudad mientras sus ojos iban desde el hombre a aquel mercado en el cual se habían detenido. A su alrededor pasaban personas acarreando canastos, telas y carretillas con frutas tan dulces que ya estaban a un día de estropearse. Los gritos iban y venían en idioma común y otros, uno que Amira podía reconocer. Y las personas eran de los más diversos colores y rasgos, pero la mayoría de ellos, incluyéndola a ella, tenían aquella piel bronceada por el sol que parecía viva y haber vivido, a su vez, bajo el sol la mayoría de sus días-. Soy lady Amira Jordayne de Tor, del Reino independiente de Dorne- se presentó entonces sin declamar con mayor solemnidad su nombre, pero sí con claridad la tierra de la cual provenía, orgullosa de pertenecer a aquel facción de tierra que nunca había sido dominado por los dragones que hoy creían tener derecho a poseerlo todo. Tras ello buscó los ojos de su interlocutor y preguntó-. ¿Y vos? Tampoco tenéis talante de ser oriundo de estas tierras...- comentó, pues no veía en él los típicos rasgos valyrios tan anhelados por muchos, como si el solo hecho de una mirada violeta o cabellos platinos diese el porte de rey a cualquier pueblerino-. O será mi costumbre de creer que en Desembarco del Rey todos poseén los rasgos de la antigua Valyria, y quienes no, desean con tal fervor tenerlo, que llegan a cometer locuras como intentar domar dragones que no pueden controlar- agregó recordando una que otra historia al respecto, donde, y sin que hubiese dudas, el loco valiente en cuestión terminaba por lo general muerto por una llamarada de fuego o una mordida.
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