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Nos encontramos en el año 129, en el apogeo del poder de la casa Targaryen. Los Targaryen son numerosos al igual que sus dragones lo cual ha provocado que su hegemonía no tenga discusión por parte de las casas inferiores, no obstante, ese mismo poder puede hacer que la casa reinante se devore a si misma, o eso es lo que los rumores dicen. Las demás casas luchan por conseguir el favor de la casa real, algunas con mayor éxito que otras. Sin duda la casa que más ha logrado trepar ha sido la casa Hightower quien ha hundido sus colmillos fuertemente en la corte del rey y no parece dispuesta a aflojar, algo que molesta bastante a los Velaryon, la otra rama de la familia real, los cuales también arañan por tratar de llegar a la cima después de que el trono les fuera arrebatado en el concilio del año 101. Estas luchas se han intensificado recientemente ya que el rey Viserys está enfermo y cada vez más débil, se dice que no vivirá mucho más lo cual ha creado un ambiente tenso en los seis reinos que conforman el trono de hierro. El gran temor es que la unificación realizada por Aegon el conquistador sea destejida por sus descendientes y que Poniente arda. Dorne permanece independiente e inconquistable, hazaña de la que todos los dornienses se sienten orgullosos, especialmente los Uller los cuales derribaron a Meraxes tiempo atrás.

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Tinta y espinas (Dalton)

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Tinta y espinas (Dalton)

Mensaje por Jancia Tyrell el Sáb Jun 25, 2016 4:44 pm

Los Tyrell eran grandes amantes de las justas, desde casi el principio de los tiempos, tenían esa fama y no había torneo sin que los hombres de la rosa dorada apareciesen y llegase a las últimas fases, o en muchos casos, ganasen. Su propio marido había ganado un torneo celebrado años atrás y la había nombrado Reina del Amor y la Belleza. Aún conservaba la corona de rosas con la que había sido coronada. En su juventud, Jancia había amado profundamente los torneos, las justas y una de sus mayores ambiciones, con 16 días del nombre, había sido ser coronada por un apuesto caballero. Y lo consiguió, consiguió eso, consiguió ser señora del Dominio, consiguió tener el ansiado heredero...tuvo todo lo que cualquier doncella deseaba, pero nunca le contaron que había que tener cuidado con lo que se deseaba.

Poco quedaba de esa muchacha amante de los torneos. Con 19 años, ya no disfrutaba tanto de los torneos, llegando a ser hasta un inconveniente pues como señora, tenía muchos deberes que atender, un reino entero que gobernar, una casa debilitada tras la muerte de su marido, un hijo al que criar y educar...tenía demasiadas responsabilidades como pararse a disfrutar de las vanalidades que suponía los torneos y los bailes.

Pero había acudido, claro que había acudido al torneo de los dragones. Había llegado junto a su colorido séquito formado por damas, caballeros y, por supuesto, su hijo Lyonel, el cúal estaba siempre perfectamente custodiado por los guardias. Si por Jancia hubiera sido, se habría quedado en Altojardín, pero eso habría sido visto como una falta de respeto o de debilidad, y debía asegurarse de que la casa Tyrell no era ni una cosa ni la otra. Además, en ese tipo de reuniones, podían forjarse nuevos aliados. Y nuevos enemigos también.

Jancia pasó buena parte de esa mañana-el torneo en si todavía no había comenzado-leyendo los documentos que sus consejeros le habían dicho. Cada le costaba menos esfuerzo entender todo lo relacionado con la economia, el comercio y los impuestos, los libros que había leído sobre ello y las explicaciones de personas cercanas había dado su fruto. Guardó los papiros, algo saturada ante la información y salió de su habitación. Necesitaba un paseo alejada de todo. Le dió un beso en la frente a Lyonel y ordenó a los guardias que lo custodiasen con su vida si fuera necesario. No pensaba permitir que nadie ni nada hiciese daño a su hijo.

Pensativa, recorrió la Fortaleza Roja y se paró al observar a los participantes del torneo entrenando. Movida por la nostalgia-ella solía observar a los participantes entrenar junto a sus amigas y hermanas y elegir un favorito-se acercó al lugar. Los guerreros más expertos se movían con soltera, unos valiéndose de la fuerza y otros de la agilidad, mas uno de ellos parecía destacar por la fiereza de sus ataques, por su salvajismo. Parecía que estaba peleando en un combate a muerte. Tras observarle algo mejor, pensó haber reconocido a uno de los Greyjoy, y estaba casi segura de que era el señor de las Islas, un joven de fama terrible, peligroso como pocos.

No dijo nada, tan solo se quedó observando. No entendía mucho de combate-nunca había participado en uno-pero, de ser un caballero, Jancia no querría enfrentarse contra él. Su rival no tardó en caer al suelo. Sin duda, daría de que hablar durante el torneo. Se quedó en una de las entradas del patio observando y tras un pequeño rato así, se mordió los labios y pensó en irse de nuevo. Mucho que ver y explorar. Se giró apenas, dispuesta a continuar con su recorrido por el lugar.
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Re: Tinta y espinas (Dalton)

Mensaje por Dalton Greyjoy el Dom Jun 26, 2016 3:36 pm

Tras presentar sus respetos al Rey, tal y como mandaba el estúpido protocolo, Dalton se había encontrado sin demasiadas cosas que hacer mientras esperaba a que comenzase el torneo. Las justas no le interesaban lo más mínimo, tampoco el tiro con arco. Lo que deseaba era que se organizase algún tipo de melee o competición cuerpo a cuerpo. Ya que no podía simplemente embarcar de nuevo en el Ira de Pyke y saquear algún territorio cercano, aquel tipo de competición le serviría para aplacar sus ansias de batalla. Con Veron perdido por las calles de Desembarco, el Kraken Rojo acudió al patio de armas de la Fortaleza Roja, buscando algún adversario contra el que entrenar. A diferencia de los jóvenes escuderos, caballeros y soldados que había allí, Dalton llevaba como única armadura una cota de mallas bajo un chaleco de cuero y unos brazales de metal protegiéndole las muñecas. Con una arrogante sonrisa, retó a cualquiera de ellos a que intentase vencerle.

Pronto se pudo ver que para el Greyjoy aquello no era ningún juego. El Kraken Rojo entrenaba igual que peleaba, haciendo gala de un salvajismo y una ferocidad mortíferas. Simplemente, no concebía el hecho de contenerse en ningún combate. Si el mandoble que empuñaba no tuviese el filo embotado, de seguro que habría matado a varios de sus adversarios. Arrojó al suelo a un joven escudero, con las costillas rotas tras cruzarle el pecho de un mandoblazo. Un veterano caballero, embutido en acero de los pies a la cabeza, no tuvo mucha más suerte cuando el capitán del Ira de Pyke, sabiendo que no podría cortar ni hendir aquellas placas de acero, sujetó el espadón por la hoja, utilizando la empuñadura de maza improvisada y asestándole un terrible golpe en la cabeza que lo derribó sin sentido en el acto.

- ¡Vamos¡ -gritó, con una feroz sonrisa-. ¿No hay ningún maldito guerrero decente aquí, o qué? -retó con arrogancia.

Los oponentes se sucedieron, uno tras otro, enfurecidos por la soberbia del joven. Mientras peleaba, dando lo mejor de sí, captó por el rabillo del ojo la presencia de una mujer que observaba los entrenamientos. Aquel momento de distracción sirvió para que su oponente le asestase un golpe en la muñeca que, si bien fue detenido por el brazal de acero, no fue por ello menos doloroso. Enfurecido, inició una serie de brutales ataques que bien habrían podido partir a su rival en dos de estar utilizando su mandoble de acero valyrio. No dio tiempo a la respuesta, cuando su oponente levantaba la espada para contraatacar, el Kraken Rojo asestaba otro tajo, hasta que, acertando en el hombro con un siniestro crujido, el último golpe envió a aquel infeliz al suelo. Con una mirada de desprecio hacia el escudero, el Greyjoy dejó de lado el mandoble de entrenamiento y se echó el suyo propio, Anochecer, a la espalda, abandonando el patio de armas con el paso firme y seguro que lo caracterizaba. Se acercó a la joven que los había estado observando, con los labios torcidos en un gesto que un observador imaginativo podría llamar sonrisa, pero que más bien parecía una mueca depredadora.

- ¿Os ha parecido interesante el entrenamiento, milady? -preguntó. En ese momento, mirándola más de cerca, la reconoció como la viuda del difunto señor de Altojardín. Había anclado una vez el Ira de Pyke en el embarcadero fluvial de la fortaleza de los Tyrell, simplemente para dar un descanso a sus hombres antes de volver a Puerto Noble, asegurando a los guardias y a los señores del castillo que ninguno de sus hombres bajaría a tierra, y regocijándose en su desconfianza-. Dalton Greyjoy, Lord Segador de Pyke -se presentó, sin que pareciese importarle demasiado el protocolo-. Un placer.
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Re: Tinta y espinas (Dalton)

Mensaje por Jancia Tyrell el Vie Jul 01, 2016 4:21 pm

Iba a irse, pero unos pasos a su espalda se lo impidieron y volvió a mirar hacia el patio. El joven combatiente caminaba hasta a ella con una mueca espeluznante pero lady Tyrell no se alteró. El paso de estos años la habían vuelto triste, pero tambien se había fortalecido y llenado de un valor que, hasta hace unos años, no creía que fuese a tener, y tampoco a necesitar.

Observó al chico con ojo analítico. Era alto, de aspecto fiero, incluso pudo percibir cierta crueldad en su mirada. Sin duda, un digno Greyjoy pensó. Su modo de pelear tambien era el estilo propio de los isleño: fiero y salvaje, basado en la fuerza bruta. Un caballero del Dominio, salvo excepciones, jamás pelearía así. En su hogar, la técnica valía más que la fuerza bruta: sus caballero eran fuertes, ágiles y rápidos, pero jamás harían alarde de semejante brutalidad. Aunque claro, era el modo en que le habían enseñado a pelear y estaba segura de que muchos habían caído bajo su espada. Es un estilo diferente pensó y liberó un suave suspiro.

-Sois un hábil guerrero-comentó, su suave acento del Dominio se notaba en su voz, aunque no era tan fuerte como la de la familia de su familia, si no más dulce y delicado. -Seguro que dais mucho juego en las melés-expuso amablemente. Tenía motivos para sentir desprecio hacia los Greyjoy, pues estos habían saqueado varias veces sus costas, atacando especialemente a los Redwyne y a otras casas situadas en la costa del Dominio. Era unos saqueadores violadores, o al menos, eso llevaban diciéndole desde que era solo una cría.

Al presentarse, solo confirmó lo que ya sabía, se habría sorprendido si se habria equivocado. -Jancia Tyrell, señora del Dominio-se presentó. Tiempo atrás, añadía la palabra regente a su título, pues, realmente, Jancia gobernaba en nombre de su hijo Lyonel, pero sentía que era un absurdo "apellido" a su título, totalmente innecesario que-a menos a su ojo-servía para remarcar que su posición era temporal y, por lo tanto, débil, y ella no quería mostrarse como una mujer débil. Todo lo contrario.

-Es un placer conocerle, he oído hablar mucho de usted-sus palabras eran cautelosas, no resultaban ofensivas ni tampoco halagadoras. Puede que no fuese ningún prodigio con las armas-aunque conseguía defenderse con el arco-ni un genio de la estregia o las finanzas, pero era sin duda una dama perfecta y poseía un don para las palabras y dada la falsedad que reinaba en Altojardín, este peculiar talento había sido entrenado hasta casi la saciedad.

Observó el area de entrenamiento. Varios muchachos peleaban y los derrotados por el Greyjoy parecía volver a animarse a pelear. Esta vez, se enfrentaban entre ellos. Ese día hacia mucho viento en Desembarco y la trenza de Jancia termino por deshacerse, dejando que su melena castaña se moviese libre. Pasó un mechón tras su oreja, para que este no le molestase. -¿Cúando llegó a Desembarco, lord Greyjoy?-preguntó. El mismo acento y el mismo tono de voz amable.
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Re: Tinta y espinas (Dalton)

Mensaje por Dalton Greyjoy el Lun Jul 04, 2016 1:40 am

Los cumplidos de la señora de Altojardín acentuaron la siniestra sonrisa de Dalton. La clase de "melés" en las que él participaba no eran aquellos burdos sucedáneos de batalla de los torneos, sino masacres reales en las que la sangre, el acero y la voz de los moribundos cantaban al unísono una misma canción. El Greyjoy estaba acostumbrado a la falsa amabilidad de los señores de las tierras verdes, que enmascaraban su odio a los isleños delante de los señores de las Islas, para luego maldecirlos por la espalda. Nada en el tono de Jancia indicaba que esa fuera su actitud, pero el Kraken Rojo, simplemente, no se fiaba de nadie que no hubiese nacido en las Islas del Hierro.

- No voy a participar en la melé con la intención de dar juego, milady -rió entre dientes-, sino con la intención de ganarla. Uno tiene una reputación que mantener.

Estaba seguro de que había oído hablar de él, no tenía ninguna duda al respecto. Cualquier persona en Poniente y en Essos que viviese cerca del mar, o de un río navegable, o alzase velas y bandera había oído hablar del capitán del Ira de Pyke. En los Peldaños de Piedra, los piratas y corsarios cantaban su nombre y brindaban a su salud. En las Islas Basilisco, la gente se escondía en cuanto veía las velas de la inconfundible galera en el horizonte. Dalton había pavimentado el camino que recorría con la sangre y las vísceras de incontables hombres.

- Mis capitanes y yo llegamos ayer de mañana -respondió-. No han podido venir todos, por desgracia, pero espero que seamos suficientes para dejar cierta marca -volvió a reír de forma macabra. Por sus palabras, cualquiera habría pensado que estaba dispuesto a saquear la ciudad simplemente por matar el aburrimiento. Y, si en aquel momento contase con la Flota del Hierro, sin duda ya lo habría hecho.

Observó cómo los menos maltrechos de entre sus anteriores oponentes empezaban a entrenar entre sí, al parecer ya recuperados de la brutal paliza. Sin embargo, a los ojos expertos del Greyjoy, estaba claro que lo hacían para salvar lo que pudiesen de su maltrecho orgullo. Una leve cojera, tajos imprecisos o sin demasiada fuerza, un mal equilibrio del peso. Aquellos pequeños detalles le dejaban claro que los pisaverdes aún sentían los golpes que se habían llevado: cada mandoblazo de Dalton estaba pensado para matar o mutilar. No se andaba jamás con sutilezas en combate.

- Menuda panda de inútiles. Espero que esto no sea lo mejor que Desembarco tiene para ofrecer, o el torneo será muy aburrido -sentenció. Miró a la joven dominense con siniestra curiosidad-. ¿Los valientes caballeros del Dominio participarán? ¿Alguien de vuestra casa, vuestro marido, tal vez?

Aquella última pregunta, a pesar de formularla en un tono relativamente cortés, sin malicia, escondía parte de la naturaleza cruel del Kraken. Obviamente sabía que Lord Tyrell estaba más que muerto, y que aquellas palabras podrían hacer daño a Jancia, pero le daba absolutamente igual. Conocer la situación del Dominio le interesaba, en parte por saber si tendría algún rival decente en la melé y en parte porque, si el Ahogado sonreía a los hijos del hierro, no tardaría en capitanear su flota para convertir la costa en sangre, fuego y cenizas.
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Re: Tinta y espinas (Dalton)

Mensaje por Jancia Tyrell el Miér Jul 27, 2016 10:42 pm

La respuesta del isleño no le sorprendió. Se notaba por su actitud que era un hombre-o joven, al fin y al cabo, estaba casi segura de que era menor que ella y para Jancia, que había vivido tanto en tan poco tiempo, encontraba más joven a la gente mientras ella se sentía mayor-confiado en sus habilidades, algo habitual en los isleños, y no dudaba de ellas, pues hace solo un instante se había librado de sus rivales con una pasmosa facilidad, pero la confianza era una peligrosa arma de doble filo que facilmente podría volverse en su contra. Debería esperar a ver si la confianza era el arma que le beneficiase o la que le apuñalase cruelmente por la espalda. -Sois bueno, de eso no me cabe la menor duda, aunque yo no comprendo los aspectos más técnicos de las luchas-sabía defender por si era atacada, pero, si debía usar un arma, prefería el arco y no la espada. Esta pesaba demasiado como para que pudiera mover con habilidad.

Le sorprendió la presencia de isleños en el torneo más allá de los Greyjoy, pues eran muy diferentes a Poniente y había oído que muchos isleños consideraban los torneos y sus festejos una pérdida de tiempo y un hobbie para las "señoritas" del continente. Si los lords de las islas estaban en el lugar, implicaba que, quizá, y solo quizá, quisiera abrirse un poco más al continente, o puede que solo quisieran disfrutar dejando huella en Desembarco y a Jancia no le agradaba para nada la forma de dejar huella de los isleños, le hizo pensar que quizá debía aumentar la protección a las hijas y mujeres de su familia y vasallos que la habían acompañado a la ciudad. -Sin duda lo haréis-dijo para zanjar el tema, sin pararse en sonar enfadada o asustada. Provocar la ira del lord de las Islas era una pésima idea, casi tanto como mostrarse débil ante él.

El comentario de Dalton la habría herido mucho más hace unos meses, cuando todavía era frágil y vulnerable y solo encontraba consuelo en su hijo y amigos más cercanos, pero ya no era esa niña llorosa. Ahora era una mujer más fuerte y había aprendido que las espinas envenenadas de la nobleza la rodeaban y debía aprender a hacerse inmune a ese veneno. No sonrió, pero mantuvo una expresión serena. -Soy viuda, desgraciadamente, mi marido falleció hace más de un año-explicó con tranquilidad-pero seguro que un gran número de caballeros del Dominio participarán, muchos están ansiosos por participar y demostrar sus habilidades-añadió, ofreciéndole al Greyjoy una sonrisa suave.

Mientras hablaba, había percibido la mirada de varios jóvenes que observaban a lady Tyrell con cierta expresión de lujuria. No podía distinguir sus comentarios apropiadamente-había oido algo respecto a sus labios y a sus pechos-pero no le importó lo más mínimo. En otra ocasión, se habría indignado y los habría mirado mal, pero ahora tan solo prefería ignorar. -Siento haber interrumpido su entranamiento, debería retirarme para que continuaseis-mas no se fue. No era propio de una dama abandonar una conversación sin que el contrario lo aceptase, además, quizá el joven lord quería decirle algo más que ya no le hubiera comunicado.
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